Si Chile es apenas paisaje como dice Nicanor Parra, ese paisaje ahora está cerrado y sólo deja ver ciertas vistas turísticas.
Con los años el acceso libre a las playas se ha vuelto un puñado de letras sin sentido. Uno llega pensar que sólo quedan libres los accesos que son técnicamente imposibles de cerrar, como las calles de los poblados costeros (allí, por lo demás, la carestía o el hacinamiento imponen sus propias prohibiciones), o aquellos que conducen a playas tan inhóspitas o remotas que sólo son visitadas por medusas, cochayuyos y pingüinos muertos.
La semana pasada se supo del caso de Playa Blanca, un pequeño balneario entre Tongoy y Guanaqueros. Al parecer es un lugar muy agradable, salvo por un detalle: hay unos tipos custodiando el citado «acceso libre», el cual sólo se abre si uno deja el auto en un estacionamiento pagado (diez mil pesos) o si lo deja tirado para entrar a pie, modalidad en la que sólo se permite estar en la playa diez minutos, previo depósito de una garantía (diez mil pesos también). Ignoro qué sucede si uno llega en bicicleta o en caballo, pero es de suponer que no correría mejor suerte ante esos guardianes de la bahía. En favor de ellos hay que decir que probablemente no pondrían ningún obstáculo si a la playa uno llegara por aire, en helicóptero, o por mar, en yate.
Me parece que este asunto de las playas es un ápice de un fenómeno mayor, que es el escaso acceso libre de los chilenos al territorio en general. Cuando niños nos hacían recitar que Chile limita por el norte con Fulano, por el este con Mengano, etcétera. Lo que nadie ha recitado son los límites internos, los que nos hacen vivir de ilusiones territoriales en un país lleno de cercos por todos lados.
Es un hecho que la mayoría de los chilenos tiene más posibilidades de conocer la Luna que de recorrer a su antojo una quinta en el Valle Central o una isla en medio de un lago. Sin parientes rurales o fundos propios, uno tiene un arduo desafío si se propone jugar con sus hijos, cual familia Ingalls, en alguna pradera de la patria supuestamente soberana. Para conocer un bosque cordillerano hay que ser un aventurero incansable, tener piernas caprinas y estar provisto de toda clase de equipamiento y datos privilegiados.
En el fondo, si Chile es «apenas paisaje», como dice Nicanor Parra, ese paisaje ahora está cerrado y sólo deja ver ciertas vistas turísticas. Ese Chile lleno de palmas, duraznos, choapinos y araucarias, el Chile del que hablaba Gabriela Mistral de manera tan familiar, como si estuviese hablando de su casa, se ha vuelto algo ajeno o exótico. El mar, las viñas, los hielos, los bosques, las islas: todo está ahí, pero el ticket se vende en la entrada. Incluso los parques nacionales son pagados, estableciéndose con ello una relación de taquilla o espectáculo entre los chilenos y su tierra.
El desierto, y sólo en parte, es uno de los pocos lugares donde podemos caminar hasta que nos dé puntada, aunque lo más sensato sería precaverse de ser otro Empampado Riquelme. El famoso ciudadano de a pie, si quiere recorrer por dentro el país, no puede hacerlo sin pagar el precio del tour, a menos, claro, que se vaya a lo derecho: transgrediendo todas las normas, arañándose la espalda con alambres de púas y arriesgándose a terminar el paseíto con un rottweiler pegado en la canilla.


