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Título/Pie de foto: Antonio Gil
En el año 367 antes de Cristo, Platón fue meridianamente claro: «El precio de desentenderse de la política en el ser gobernados por los hombres peores».
Antonio Gil
La corrupción es un fenómeno en el que concurren, entre otros muchos, dos agentes claves: la cadaverina y la putrescina, ambas de un hedor insoportable. La rapidez del proceso de podredumbre dependerá naturalmente de la temperatura ambiente, siendo el calor un factor esencial en la corrupción de un cuerpo muerto.
Nos parece pertinente detenernos en esta última palabra, «muerto», ya que el extendido uso del concepto «corrupción» al mundo del quehacer público, privado y hasta militar, cuando éste se vuelve inescrupuloso, necesita de la misma condición de «muerto».
Cuando ha dejado de latir el corazón, la sangre ya no circula, se torna espesa y se coagula en el interior de venas y arterias. Con la sociedad pasa igual. Sin circulación, el cuerpo comienza a perder sus 36 grados y los músculos se endurecen, en un proceso conocido como rigor mortis. «Este proceso suele iniciarse después de cuatro o seis horas, primero en los músculos más pequeños como los de los párpados o la mandíbula, luego le sigue el cuello, y más tarde los músculos más grandes como los brazos o las piernas», dice Carla Valentine, curadora del Museo de Patología Barts de Londres.
Sin oxígeno, la mitocondria dentro de las células no puede producir adenosín, misterioso compuesto químico que sustenta la existencia, al cumplir un exquisito conjunto de funciones que aseguran la vida. Las células muertas van rápidamente haciéndose añicos y dejando emerger sustancias que producen un ambiente propicio a la proliferación de hongos y bacterias que detonan la podredumbre. Lo mismo ocurre con la corrupción del cuerpo social: cuando los actores de la vida de un país, vale decir todos nosotros, dejamos de respirar en los espacios que son nuestros por derecho propio, cuando el «adenosín» que somos todos prefiere desentenderse o dejarse adormecer con patrañas, surgirá la corruptela seguida de su natural y consabida pestilencia, para la que no valen de nada los desodorantes ambientales ni los estúpidos pinitos colgados del espejo retrovisor.
Si un 59 por ciento de los votantes deja de sufragar para elegir presidente, el corazón de ese país comienza a detenerse y la pudrición prepara sus festejos. Si un cuerpo se corrompe en horas, un país lo hace en meses si sus habitantes resuelven abandonar la vitalidad y el compromiso activo y crítico: pronto ese cuerpo se encoge, sus rasgos faciales comienzan a perderse, se hincha y comienza a dejar escapar líquidos sulfurosos por sus orificios. Al sentir la hediondez, todos clamamos al cielo. Pero ¿de qué nos extrañamos cuando, entre otras cosas, estudios serios señalan que el nuestro «es el país con la participación juvenil en política más baja de toda Iberoamérica, con un descorazonador siete por ciento de votantes de entre 18 y 24 años»?
Platón, en el año 367 antes de Cristo, fue meridianamente claro al respecto: «El precio de desentenderse de la política es el ser gobernados por los hombres peores». La podredumbre que hoy nos afecta a todos, según parece, nos la tenemos bien ganada, por imbéciles.


