Me muero sin voleibol, dice la periodista matinal Marianne Schmidt
Cuenta que juega casi sin parar desde el colegio, pese a dolorosas lesiones. Soy buena para gritar, para arengar a mis compañeras, dice.
Desde que comenzó a practicarlo, Marianne Schmidt se enamoró del voleibol. En su vida ha cambiado de ciudad, centro de estudios y estado civil, pero nunca se ha extinguido su deseo de golpear la pelota. ‘No te voy a dar pistas para que calcules mi edad, pero he jugado por más de 25 años. Es mi pasión', asegura la periodista y rostro matinal de Mega conocida por sus compañeros como La Gringa.
Ahora integra un equipo de apoderados del colegio de su hijo en el Colegio del Sagrado Corazón de Apoquindo, en Las Condes. ‘Formamos un grupo espectacular. Entrenamos una vez a la semana y competimos los fines de semana en campeonatos o jugamos amistosos', afirma. De hecho, se están preparando para un torneo con otros equipos de la zona oriente de Santiago para las próximas semanas.
Asegura que por su estatura (1,73 metros) juega en una posición llamada central, cuya labor es remachar o bloquear los tiros del rival junto a la red. ‘Me encanta este deporte porque es un juego de equipo en que todas las piezas son importantes. Yo le pongo mucho empeño, pero además por mi carácter soy buena para gritar, para arengar a mis compañeras', sostiene. Además, están las delicias que regalan los terceros tiempos, instancias de camaradería.
¿Se ha lesionado mucho con tanto pelotazo?
‘Claro, varias. Me he esguinzado cinco dedos, ambos tobillos y las rodillas. Hace un año estaba en pleno partido y siento como si alguien me hubiese pateado en los gemelos. Pero no había nadie. Sentí dolor, grité, no podía caminar y me llevaron a la clínica. Había tenido un desgarro profundo en el gemelo derecho'.
La lesión causó que Schmidt debiera usar una bota que la acompañó a su regreso a Mega. ‘Estaba súper triste', recuerda, pero su compañero José Antonio Neme le subió el ánimo: ‘Me vio así y me tomó en brazos'.
El deporte tuvo que esperar unos tres meses. Antes de ello vino una recuperación con kinesioterapia que resultó particularmente aburrido para la periodista.
Pilas cargadas
Marianne Schmidt recuerda que de niña realizaba gimnasia artística, pero al crecer su estatura le hizo difícil continuar con esa delicada disciplina. En segundo medio probó el voleibol en su colegio, el Liceo Alemán del Verbo Divino de la ciudad de Los Ángeles, en el Bio Bio. ‘Y me enamoré', recuerda.
Al viajar a Concepción a estudiar en la Universidad del Desarrollo, se las rebuscó para seguir jugando. Así se sumó a las filas del Deportivo Alemán de esa ciudad.
Luego Marianne se trasladó a Santiago a realizar un magister en la U. Católica. Pasó un año y medio sin club, extrañando las canchas, hasta que consiguió una camiseta en el equipo de voleibol del Duoc.
La vida fue pasando. Schmidt se casó y tuvo 3 hijos, que hoy tienen entre 10 y 16 años. En el colegio de ellos encontró, hace 13, su actual club.
‘El deporte me hace feliz, mis compañeras también. Me muero sin voleibol, sin una actividad física. Entrenamos a las 7.30 PM en las tardes y terminamos a las 9.30 PM. Llego a mi casa con todas las pilas puestas y ando feliz aunque me tenga que levantar a las 4.30 de la mañana. Para mí es muy importante. En pandemia, con mi equipo arrendamos un lugar para jugar. Cuando llega el verano nos pasamos al voleibol playa', sostiene.


