Me sorprendió saber que una amiga de muchos años, que por lo tanto me conoce bien, me ve como alguien cohesionado. Me lo dijo uno de los últimos días del invierno, en la fugacidad de un café de Providencia: «Tú eres un escritor, todo es coherente en ti, partiendo por la chaqueta y la bufanda». Planteaba esta curiosa observación como una queja hacia su propia falta de identidad o de «autoimagen».
Le contesté que la chaqueta era heredada y la bufanda huachipeada de alguna parte, y que yo no alcanzo a sentirme nada en particular, que no soy escritor profesional, que también se me olvida mi edad y que -al igual que ella- me experimento a mí mismo más bien como un caos borroso en el que excepcionalmente emerge un destello de lucidez.
Creo que hacemos eso todo el tiempo: ver en los demás el fantasma de la coherencia que les falta a nuestras vidas. Tendemos a pensar que cualquiera que pasa por la calle -el estudiante de parka azul correctamente afeitado, la señora con bastón, la mina rica o el hombre extravagante con patillas- tiene su tiempo diario perfectamente segmentado y su futuro más o menos controlado y que administra unos cuotas razonables de felicidad y que sus eventuales desalientos son justificados, normales, manejables. Nos imaginamos que todos los otros tienen una respuesta sólida, un poco curricular, ante la terrible pregunta «quién es realmente usted».
Por cierto, hay individuos que tienen la facultad de mirarse en el espejo de la existencia sin dudas de ninguna especie, gente como el general Del Canto, que alguna vez declaró, refiriéndose me parece que a Boonen Rivera: «Quiso desconocer mis glorias y estuve a punto de castigarlo con la muerte».
Sucede algo similar en relación al pasado. Vemos una foto de Santiago hace cien años, la zona de Alameda con San Isidro captada desde una terraza del cerro Santa Lucía, y tomamos la escena como un todo. A las personas de negro que van pasando por la calle proyectando en el huevillo la sombra del mediodía, las consideramos en total armonía con la arquitectura de las hermosas mansiones un poco descacaradas, con las inferidas campanadas de los conventos cercanos, con la nieve restallante de la cordillera.
Capaz que más adelante, digamos el año 2110, rindamos un aura similar para los que se detengan a pensar en nosotros. Nuestra época estará históricamente clasificada, reducida a un sistema en el cual todos los hechos encajan unos con otros. Pero, mirada la cosa desde el aquí y el ahora, se hace tan difícil de precisar.
El pasado tiene un aura que muy pocas veces ilumina nuestro día a día. Es improbable que los santiaguinos de esa vieja fotografía se hayan visto a sí mismos como habitantes de un instante especial de la historia. Simplemente cada uno seguía el derrotero de su propia vida sin detenerse a admirar el escenario. Jamás se habrán puesto en el lugar desde el cual los espiamos hoy, a la distancia de un siglo.
Tendemos a pensar que cualquiera que pasa por la calle tiene su tiempo diario perfectamente segmentado y su futuro más o menos controlado y que administra unos cuotas razonables de felicidad y que sus desalientos son manejables.


