Había algo en la dicción de Petronio Romo que se agotó con él: una especie de corrección natural y austera, una corrección que en otras voces famosas sonó siempre a engolamiento e impostación.
Con casi una semana de retraso vengo a enterarme de la muerte de Petronio Romo. El contraste es cruel: mientras su voz fue siempre la más puntual de Chile y seguirá siendo durante muchos años la más presente en la memoria, desapareció sin aspavientos ni sonajeras, como si ello fuera una noticia de segundo orden, apenas una «brevenota» apuntada en el margen de los días.
Hay cierta coherencia, sin embargo, entre esa silenciosa partida y la manera en que la voz de Romo impregnó con su timbre los recuerdos de generaciones completas. De hecho, sólo ahora he conocido su cara. De todos los «hombres de radio» notables, fue uno de los pocos, si no el único, que se mantuvo siempre en la pecera del estudio, conservando así su esencia de hombre-voz, sin cara ni ego. Eso quizás contribuyó a que sus más famosas alocuciones, por breves que fueran, se colaran por los intersticios de la memoria como un bálsamo en estado puro, sin aditamentos ni muecas ni imágenes. Salvo en los comerciales televisivos, las únicas imágenes asociadas a su voz eran las que el auditor pudiera crear al escucharlo decir su alarmante pero cívico anuncio de «el Diario de Cooperativa está llamando» o su teatral imperativo ético-periodístico de «el hombre que no es informado no puede tener opinión». Su rol no era leer noticias, sino anunciarlas y tocar el gong de la mente; en ese sentido, cobraba una textura supraterrenal y penetrante, reservándose para ciertas cosas, dosificándose en gotas durante el día. Incluso la hora dicha por él adquiría un aura de verdad y calma que ahora cuesta no calificar de irremplazable.
Alguien que tenga veinte años ahora no sabrá de qué estoy hablando. Pensará que son antiguallas, y tal vez tenga razón, pero esos veinte años coinciden con la multiplicación de los medios informativos y, en consecuencia, con su dispersión. Ahora no existe La Voz, cuyo centro sea la comparsa de las emociones más profundas y a la vez de la necesaria monotonía de la vida; actualmente, como es natural, existe un conjunto irregular y más o menos diverso de voces, algunas dulces y significantes, otras chillonas y deplorables, pero no hay algo que pueda dar siquiera una idea del valor de la voz de Romo en generaciones como la mía: su resonancia tan apta para anunciar con aire urgente que Sergio Campos traía muy malas noticias, como para recomendar amistosamente que tomáramos «altiro Piretanil» ante la menor señal de catarro.
Había algo en su dicción que se agotó con él: una especie de corrección natural y austera, una corrección que en otras voces famosas sonó siempre a engolamiento e impostación. El severo mensaje de «El Informador», que es una exaltación de la labor informativa de la radio pero que podía interpretarse brutalmente como «los que no saben que se callen», era pronunciada con una fuerza de ultimátum de guerra y a la vez con una simpatía de radioteatro apocalíptico, lo que matizaba con varios relieves de emotividad la seriedad de su función. Ahora que Petronio Romo ha muerto pocas veces fue tan necesario un minuto de silencio, no para la pompa y el falso homenaje, sino para escuchar el ruido que llevamos dentro y, en ese ruido, su voz inabarcable.


