Tiemblen, Simonetti y Guelfenbein, porque ha llegado Marcelo Lillo con su propia versión del melodrama, un sentido y personal homenaje a Lucho Barrios, de gran nivel. Este libro vale un cadáver , la primera novela de Lillo, es un tremendo pedazo de carnoso sentimentalismo, emotividad, dolor, tristeza. Lo mejor de Lillo hasta el momento. Logra consolidar una atmósfera, un personaje y una historia ruinosa y, en cierto modo, políticamente incorrecta, porque aborda el odio de un padre hacia un hijo: un tabú cultural pocas veces asumido con tanta honestidad en las letras chilenas de los últimos años.
El meollo de la historia es el suicidio de un muchacho, hijo de un solitario profesor de cincuenta años que protagoniza la narración. Un hombre amargo, gélido, parco en sus afectos y expresión verbal. Poco a poco, el relato va dejando ver su intimidad más lacrimosa; su parada social de indiferencia resulta sólo una manera de protegerse.
Aparentemente, el protagonista asume con gran desparpajo la muerte de su hijo que se ha cortado las venas. Decide cremarlo y cerrar la historia. Pero Lillo da un revés fenomenal a este feroz acontecimiento: el hijo era una basura y tenía merecida la muerte, se había marchado del hogar hacía unos años, consumía drogas, alcohol y no tenía ganas de trabajarle un día a nadie.
De ahí en adelante, el libro se precipita en el dramón sin remilgo alguno. El autor pone sobre la mesa la noción de culpa y comienza a hurgar en ella. El protagonista se enfrenta con su ex mujer, una hippie loca que se desentendió del hijo cuando era una guagua; luego con su amante actual, una profesora buena para enrollarse con preguntas profundas; y, finalmente, con su propia hermana. El grupete de mujeres parece tener como objetivo ponerlo contra la pared y lo logra. Así, este meditabundo personaje abre su corazón y emerge su otro yo.
Atrás queda el protagonista recio, transformándose en un ser atormentado y plañidero. Se queja de su padre descariñado, de su madre ausente, de la madre del hijo y lo peor de todo es que asume la culpa. Es decir, se vuelve un pobre pájaro atrapado por todo lo que pudo haber hecho para salvar al hijo.
Para atenuar el demonio de la culpa, la narración escenifica un diálogo entre el muerto y el padre. Un face to face donde se sacan trapitos al sol que contribuyen a que el progenitor asuma su total responsabilidad en el suicidio. Se nos viene entonces un desenlace cargado de un simbolismo lacrimógeno a rabiar. De lo políticamente incorrecto no ha quedado nada; lo que sí queda es el complejo dolor de un padre arrepentido, que enternecerá a muchos, porque hay que reconocerlo: Lillo se maneja en el fino arte de picar la cebolla.
Este libro vale un cadáver
Marcelo Lillo
Mondadori, 2010, 143 páginas.


