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Título/Pie de foto: Juan Guillermo Tejeda
Chile es un país cruel con el talento. Aquí vino a estar el cubano Mario Carreño, y su exposicion antológica en el Bellas Artes nos habla de él, de su entereza, de su tierra y sobre todo de nosotros mismos
Juan Guillermo Tejeda
En el Olimpo de las divinidades artísticas chilenas, que en todo caso es un monte modesto, un cerrito, una loma, una protuberancia apenas, Mario Carreño está presente, sin duda. Pero no entre las doce divinidades más altas (habrá un día que descifar quiénes son ellas o ellos), sino como una figura persistente, ubicua, aunque fatalmente menor.
Dibujó Carreño con la gracia de Picasso y sin su espontaneidad. Compuso unas geometrías bien estructuradas -es suyo un sólido mural en azul, gris y blanco del Colegio Lucrista de San Ignacio de Pocuro-, que sin embargo no llegaron ni a la ternura de Klee ni al fascismo visual de Mondrian, ni tampoco al balbuceo sudamericano y terrenal de Torres García. Por último, Carreño empleó unos años en una pintura tropical, o sudamericana, que se le fue poniendo un poco sobada a veces, sin vida en la puesta del color, manteniendo gracia y movimiento, pintura americana que queda muy lejos de la furia telúrica de Diego Rivera o de la espinosa elegancia de Wilfredo Lam, para poner por caso a dos divinidades del sufrido Olimpo artístico sudamericano, otro monte por explorar.
Carreño era cubano y tras algunos viajes suculentos (París, Nueva York, Madrid, México) vino a Chile con su bigote amable, y tras coquetear con diversas casas de estudios superiores se allegó a la Universidad Católica. Llegó a ser hasta subdirector -oh fatalidad- de algo. Allí selló, quizás, su destino, porque esa casta universidad, en arte, pide siempre la castración completa del animal a cambio de un buen pasar, unos buenos servicios higiénicos o un casino aceptable con la bandejita y la conversación boba o ambiciosa con los pares. Se mantuvo amigo de Neruda y es posible verlos juntos en algunas fotos en blanco y negro de la época, pero Neruda, la verdad, tenía un millón de amigos.
De Carreño hay un notable y al mismo tiempo modesto libro -así debieran ser todos los libros- que diseñó con su mano invisible pero luminosa Mauricio Amster. Se llama Antillanas y es de 1949. El estudio preliminar de Romera puede inducir al lector a un sueño profundo. Carreño, en cambio, enciende las páginas con un texto salpicado de tropicalismos tales como barumba, fambá, jaladera o marímbula, y nos regala la maestría de sus dibujos.
Chile es un país cruel con el talento, una tierra cordillerana de inviernos miserables, con unos veranos en los que el sol cae como un hacha sobre su gente maltratada. Gente que vaga arrastrando sus cuerpos confusos y por lo general sin belleza evidente, seres carentes de todo orgullo de ser. Es la nuestra, quizás como todas, una tierra de castigo. Aquí vino a estar Mario Carreño, y su exposicion antológica en el Museo Nacional de Bellas Artes nos habla de él, de su entereza, de su tierra y sobre todo de nosotros mismos.


