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Título/Pie de foto: Rafael Gumucio
Parece que quienes mueren no fueran tan seres humanos como nosotros.
Rafael Gumucio
¿Por qué alguien podría alegrarse de ver a otro morir? En el caso de tiranos terribles, de asesinos en serie, esta falta de piedad resulta explicable. ¿Pero por qué hay gente que se alegra de un ladrón de autos al que un policía dispara a la cabeza cuando huye, arriesgando la vida del resto de los ciudadanos, que nada tienen que ver con la escena?
«Es un flaite», dicen los comentarios que se alegran de su muerte en internet. «Es un delincuente menos», agregan. Un hombre que no lo es del todo entonces, porque no es un hombre como tú ni como yo, sino alguien de otra categoría, de otra especie, al que sí se le puede desear la muerte. Es un hombre sin madre que lo llore, sin padres, sin hermanos, sin amigos. Alguien que nace del suelo o que viene de alguna galaxia enemiga a invadir la Tierra.
En estos días el Estado Islámico difunde el video de un piloto jordano quemándose en una celda y de un periodista japonés decapitado en el desierto. En otro video la misma organización muestra la ejecución de un homosexual lanzado al vacío desde el séptimo piso de un edificio en construcción. Solemos los occidentales atribuirle esos horrores al islam y su fanatismo. El razonamiento de quienes ejecutan esas masacres, de quienes las filman es, sin embargo, el mismo de quienes se felicitan de la muerte de un ladrón de autos.
Parece que quienes mueren no fueran tan seres humanos como nosotros. La piedad no se aplica con ellos, porque ellos no tienen piedad. No se les ocurre -por esa falta de imaginación moral que la argentina Beatriz Sarlo diagnostica como nuestra principal falla- que nosotros podemos ser ellos y ellos nosotros. Ese resorte básico de cualquier compasión, de cualquier civilización que se basa en pensar que lo que somos hoy no fue ni será siempre así, se ha ido gastando hasta dejarnos en un estado de venganza primordial donde al margen de los hechos o los contextos, miramos a los demás como simples blancos donde aplicar nuestra buena puntería.


