El edificio hoy cuenta solo con una modesta habitación para descansar
Aunque el Palacio fue residencia oficial desde 1845, solo 11 presidentes vivieron allí y ninguno lo ha hecho desde 1958.
El equipo del presidente electo José Antonio Kast baraja desde hace un par de meses la idea de que el Palacio de La Moneda no sea solo el epicentro de las decisiones políticas, sino también su lugar de residencia. El líder republicano, quien actualmente vive en Buin, a unos 45 kilómetros al sur de Santiago, ve con buenos ojos el plan porque le permitiría ahorrar tiempo en desplazamientos y reforzar su mensaje de campaña: que el suyo es un gobierno de emergencia que merece toda su dedicación.
Kast tiene en mente mudarse con su esposa, María Pía Adriasola, ya que sus hijos no viven con ellos.
Sin embargo, para que el proyecto se concrete habría que hacer una serie de modificaciones para adaptar los espacios que originalmente diseñó el arquitecto italiano Joaquín Toesca.
Actualmente solo hay un sobrio dormitorio, a metros del despacho presidencial. Está en el segundo piso, sobre el Salón Pedro de Valdivia, y dispone de un ventanal amplio con vista al Patio de los Cañones. Allí solo hay una cama de plaza y media en estilo catre de madera antiguo, con dos veladores angostos y un ropero de líneas clásicas. Una lámpara tipo candelabro pende del techo y el piso es de parqué. El baño adjunto posee tina pequeña, lavamanos y excusado sin elementos de lujo. Un salón donde se hacen reuniones de no más de ocho personas separa esa habitación de la oficina del mandatario y se puede redestinar. Además, La Moneda cuenta con servicio de cocina.
Aunque no conoce en detalle los planos del edificio, el arquitecto Juan Paulo Alarcón, director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Andrés Bello, afirma que la adecuación resulta totalmente probable, siempre que se mantengan las características estructurales y arquitectónicas del edificio. Cabe recordar que este recinto fue declarado Monumento Nacional en julio de 1951, lo que implica que cualquier intervención debe ser autorizada por el Consejo de Monumentos Nacionales.
«Se debe pensar en una ubicación que permita una autonomía de las dependencias residenciales respecto de las administrativas, que se propicie, dentro de lo que cabe, una adecuada privacidad para la familia», indica.
Alarcón valora que un presidente decida residir en La Moneda: «El principal beneficio radica en la eliminación de los tiempos de desplazamiento entre la residencia y el lugar de trabajo, lo que optimiza la gestión diaria».
Destaca también la reducción de los esfuerzos en seguridad asociados al cargo. «Si se minimizan los traslados, también los riesgos logísticos y operativos», señala.
La directora del Centro del Patrimonio Cultural de la Universidad Católica, Macarena Cortés, advierte que esta posibilidad debe analizarse con cautela desde el punto de vista patrimonial.
«No es correcto juzgarla de antemano como buena o mala; su valor dependerá de cómo evolucione en el tiempo y si se consolida como norma institucional», explica.
Por ejemplo, si un presidente decide vivir en La Moneda y los siguientes lo imitan, surgiría una nueva tradición republicana: «Pasaría de un edificio administrativo a uno también residencial, alterando su significado histórico y patrimonial para Santiago».
Las adaptaciones de un monumento nacional enfrentan límites estrictos.
«No se pueden hacer ampliaciones, nuevos volúmenes o modificar fachadas», señala.
Los espacios, entonces, solo se pueden redistribuir mediante tabiques.
El historiador Sergio Estrada, académico del Departamento de Historia y Geografía de la UMCE, cuenta que el Palacio de La Moneda se planeó como residencia presidencial desde que se convirtió en la sede del gobierno, en 1845, por iniciativa del presidente Bulnes.
Antes, la sede presidencial era el edificio de la Real Audiencia (actual Museo Histórico Nacional). Con el traslado de las oficinas en 1846, se reformó el palacio y se ubicó la zona habitable en la esquina del edificio de Moneda con Morandé. Tenía acceso por la puerta de Morandé 80, reabierta en xxx
«Bulnes fue el primer presidente en ocupar La Moneda como casa durante su segundo periodo, al igual que su sucesor Manuel Montt, pero después solo algunos presidentes durante el siglo XIX usaron el edificio con ese fin, en particular Federico Errázuriz y José Manuel Balmaceda», relata.
Posterior a Balmaceda, pocos presidentes la ocuparon pues poseían sus propias residencias, mucho más elegantes y cómodas.
«Durante el siglo XX, solo residieron Pedro Montt (1906-1910), Arturo Alessandri Palma (1920-1925), Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931), nuevamente Arturo Alessandri (1932-1938), Pedro Aguirre Cerda (1938-1941), Gabriel González (1946-1952) y finalmente Carlos Ibáñez del Campo por segunda vez (1952-1958)», detalla.
¿Cómo era la zona residencial?
«Era una suite presidencial principalmente, tenía un comedor, el despacho presidencial y salones destinados a recibir visitas y delegaciones extranjeras».
Estrada menciona que las modificaciones que realizó Bulnes fueron fundamentalmente de refacción y estilo en esos salones. Balmaceda hizo remodelaciones a fin de hacerlo más acogedor, pues vivió ahí con su señora y sus seis hijos.
«Sin embargo, siempre fue un espacio modesto en comparación con los palacios propios de los demás presidentes», apunta.
En América no es habitual que los presidentes residan en las sedes de gobierno. Por el contrario, suelen habitar residencias oficiales específicas. Como la Quinta de Olivos en Argentina, el Palacio de Carondelet en Ecuador, la Casa de Nariño en Colombia o el Palácio da Alvorada de Brasil.
Estrada dice que excepciones notables son Estados Unidos, donde la Casa Blanca es tanto sede como residencia presidencial, y México, cuyo Palacio Nacional albergaba un departamento presidencial en desuso, que Andrés López Obrador recuperó. Esta práctica también es común en Europa.


