Pese a sus flamantes doscientos años de vida republicana, a sus black berries, a sus súper carreteras y túneles, a sus ultra malls y a sus torres faraónicas y desopilantes tiendas por departamentos, Chile se hunde bajo la superficie del maquillaje tecnológico y sofisticado, en un pantano primitivo: es una auténtica nación de hotentotes. El espacio televisivo Aquí en vivo , de Mega, se encarga de recordárnoslo sistemáticamente cada lunes, con una crudeza escalofriante y a nuestro entender sumamente necesaria.
En la última edición de este programa asistimos a un mediático auto de fe con una electrónica hoguera, propia de la Santa Inquisición, donde se hizo una merecida y chisporroteante chamusquina de brujos «recuperadores del amor perdido y uniones de pareja» de un nivel de rasquerío y una grosería capaz de hacer vomitar a un chofer de ambulancia.
Nada tenemos contra las prácticas mágicas, ni contra los brujos, que los ha habido siempre en nuestro país, poderosos y dignos, misteriosos y respetables. A más de alguno lo hemos tratado íntimamente, con una mezcla de recelo y admiración. Y a uno que otro le debemos el haber recuperado alguna vez la salud perdida, por misteriosos motivos que los escáners de las cíber clínicas que inician todo tratamiento metiendo sus hipodérmicas en nuestras cuentas corrientes no fueron capaces de detectar. De manera que el tema de estas líneas no apunta, en caso alguno, a desmerecer la labor de magos y curanderos de alcurnia como el nicaragüense César Martínez y sus exorcismos infalibles, o Rosamel Agüero y sus baños con «agua gregoriana», o a las machis de La Pintana y sus ancestrales métodos de sanación, ni al gran profesor Henry y su tiradas de tarot que dejaban sin habla.
Pero todo parece indicar que, mientras Chile moderno avanza en un vértigo de progreso material sostenido y deslumbrante, el otro país, el Chile medieval, el de los druidas y chamanes de verdad, que convive inexorablemente con el Chile galáctico, retrocede a un estado de charlatanería y truculencia repugnantes, despojado de los más elementales atisbos de encanto, consustancial a esas artes finas, sutiles y antiquísimas. Hoy son cochinadas, velas de parafina, santería de plástico, oraciones de oligofrénicos, picantería descarada y hasta ecuaciones matemáticas los ingredientes usados por estos pseudo magos de letrina para robarles sus ahorros a las modestas cajeras enamoradas de galanes lobos, a dueñas de casa abandonadas por maridos picados de la araña o a vendedoras de cordonería que sueñan con agarrar del corazón y de las partes nobles al tonto que les despacha las cajas de hilos Cadena.
Es una vergüenza lo que está pasando con el Chile mágico. El gran brujo Enrique Olivares se debe revolcar en su tumba mientras unos «indios amazónicos» de pacotilla, nacidos y criados en Batuco, baten sus maracas y queman calzoncillos, salmodiando en jerigonza, vaya uno a saber qué, para hacer volver al esquivo y tincado Cupido.
Todo parece indicar que, mientras Chile moderno avanza en un vértigo de progreso material, el Chile medieval, el de los druidas y chamanes de verdad, retrocede a un estado de charlatanería y truculencia repugnantes.


