Maldito colegio

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No exagero si digo que nada, absolutamente nada de lo que se me enseñó en el colegio se me ha quedado en la memoria. Insisto: nada.

Pensaba hace poco en las angustias surtidas que padecí en el colegio durante tantos años, básicamente por la lucha que se establece en los niños entre el superyó-ese monstruo de falsedad creado por la proyección que hacemos de las expectativas ajenas- y el natural impulso que todos tenemos hacia el placer, la libertad, la curiosidad, el bartoleo y el buen vivir en general. Me pregunto ahora: ¿valió la pena tanta amargura inyectada en el corazón del niño que fui? Por supuesto que no: todo aquello que me arruinó la existencia y que me hizo sentir culpable ante mis padres podría hoy calificarlo como una desechable colección de informaciones inútiles y simples bagatelas.

No exagero si digo que nada, absolutamente nada de lo que se me enseñó en el colegio se me ha quedado en la memoria. Insisto: nada. De las clases de física, por ejemplo, sólo retengo mis observaciones sobre la personalidad del famoso Perro Guzmán, terror de generaciones de alumnos del Instituto Nacional. En verdad atesoro el recuerdo del vetusto profesor, cuyas descalificaciones insultantes nos provocaban carcajadas reprimidas, cocinados como estábamos en los nervios, ya que cada clase implicaba un interrogatorio oral. Cada vez que sonaba la campana y se terminaba la sesión, el Perro Guzmán, abandonando la sala, se paraba un instante en la puerta y advertía al curso: «¡Ni el treinta por ciento, ni el treinta por ciento!». Esto significaba que según sus cálculos ni el treinta por ciento de nosotros iba a entrar a la universidad.

Pero las «materias» impartidas -cuyo aburrido aprendizaje era una imposición inapelable- me salieron por un oído para fugarse por el otro, y nunca en la vida las he necesitado.

Haciendo un ejercicio de retrospección me doy cuenta de que los momentos borrosos y depresivos de mi infancia tienen que ver con el colegio. Me gustaba estar con mis padres, lo único que tenía a los once años era la intimidad que compartíamos, me sentía muy bien en su compañía, pero lamentablemente ellos le daban una importancia desmedida a mi rendimiento escolar y su consiguiente listado de notas y anotaciones. Por tanto, si me sacaba un cinco en alguna prueba me acusaban de mediocre («un cinquito no más, ¿ah?»). Si llegaba a la casa con una «anotación negativa», cualquiera fuera la equívoca circunstancia en que ésta se hubiera generado, mi papá se enfrascaba en un silencio frío que sólo significaba una cosa: decepción. El maldito colegio, por tanto, contaminó el núcleo de mi felicidad temprana.

Esta cueca sigue igual ahora que antes, incluso se le han agregado patas adicionales con la implementación de la jornada completa. Entiendo que esta modalidad está orientada a proteger del mal camino a niños de familias «en situación irregular», pero dudo radicalmente de su efectividad. Lo único que veo son niños estresados, obligados a pasar sus mejores años en edificios feos, arrancados de su intimidad, tapados de obligaciones absurdas. Se trata de una moda institucional que un día será reemplazada por otra cualquiera.

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