Los niños mañosos son también los más astutos. Los resignados santos que aceptan todo tal cual como es, están o asustados o anestesiados. El mañoso sabe que hay más platos que el que le sirven, más horas que la hora en que lo acuestan, más mesada de la que le dan. Aprende a manipular a sus padres, porque sabe que quieren estos ser manipulados, que necesitan muchas veces sus caprichos para amoblar sus vidas bastante vacías sin ellos.
Los niños actúan con las máscaras que les dan. La de la niña consentida esconde una incomodidad profunda, un descontento de fondo que el niño prefiere cargar sobre sus hombros antes que endilgárselo a sus padres. Detrás de una niña insoportable hay muchas veces una familia, un momento, un país insoportable.
No pocos santos, héroes y mártires fueron niños mañosos. La energía que les hacía botar la comida y chillarles a los padres, se convirtió luego en una mejor rebeldía, en un descontento más orgánico y menos solitario. El «no quiero eso» pasó de ser irracional a racional, a convertirse en discurso, en propuesta. Ponerle cámara a una niña que está descubriendo su propia moral y sus propios límites, es un acto de insensibilidad. Dejarla fijada en la pataleta es no darle derecho a crecer, a madurar, a arrepentirse de sus gritos. Padres y canal de televisión comparten así un episodio de involuntaria crueldad hacia una niña que estaba aprendiendo el siempre útil arte de decir «no».
Ponerle cámara a una niña que está descubriendo su propia moral y sus propios límites, es un acto de insensibilidad.


