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Título/Pie de foto: La distracción y otros textos Sergio Missana Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2015, 187 páginas.
Con erudición y libertad, se abordan aquí temas y autores muy diversos: de Borges a Neruda, de Roth a Bernhard, de Parra a Lessing, de la idea de igualdad social a las actuales mutaciones del arte narrativo.
Vicente Montañés
Si Roberto Bolaño ha sido objeto -según Patricio Tapia- de «una devoción casi religiosa», o si todo autor -según Roberto Calasso- es visto como el «sucesor del santo», o si -por último- la noción de «epifanía» de James Joyce como sentido final de un relato es «un componente fundamental del cuento contemporáneo», bueno, tal vez sea porque -cosas de la humana nostalgia- hay entre literatura y religión una cercanía «contraintuitiva».
Así lo señala el novelista chileno Sergio Missana en «La lengua de los dioses», uno de los veintisiete ensayos de su nuevo libro, La distracción y otros textos , volumen donde con libertad y erudición aborda temas, obras y autores muy diversos: de Borges a Neruda, de Philip Roth a Thomas Bernhard, de Parra a Doris Lessing, de la idea de igualdad social a las actuales mutaciones -influencia audiovisual mediante- del arte narrativo y las máquinas de la ficción.
En «La distracción», nota que da título al libro, el autor examina -sin demasiada nitidez, acaso sin propósito, más como una pregunta que como una certeza- la relación entre el ocio y la creación: acudiendo a unas líneas de Shakespeare, plantea -eso creemos- que la «inutilidad» congénita de las artes, alejándose de la «diversión» que impediría a las masas pensar sobre sí mismas, podría ser una forma de autocuidado no desdeñable. O algo así. Releemos para ver si hemos comprendido. Lo mismo nos ocurre con «Emergencias narrativas», donde se habla, con un estilo más bien abstracto, de cierto cambio cultural de estos tiempos: el lector se ha ido transformando en espectador, y su poderosa «hambre de realidad» podría acabar con lo que hoy conocemos como literatura de ficción.
Más amistosos, más detallados y particulares, son los textos que se ocupan de escritores u obras específicas: «Ana Karenina revisitada», por ejemplo, sugiere que la famosa novela triangular de Tolstói (dos novelas en una) no constituyó una provocación por mostrar la infidelidad femenina en sí, sino porque la heroína no quiso mantener una «apariencia de decoro». Y propone que el personaje de Levin -en medio de su crisis espiritual- es «un retrato no muy velado del propio Tolstói».
«El escocés errante» traza un seductor retrato de R. L. Stevenson -autor de La isla del tesoro y de la conocida historia bipolar de Jeckyll y Hyde, entre muchos excelentes relatos- como ensayista. «Borges, reaccionario» da a entender que en 1976 la Academia Sueca se aprestaba a premiar al semiciego argentino con el Nobel (esa fatigada esperanza), pero entonces Borges tuvo la pésima idea de venir a Chile para ser condecorado por la nada impoluta mano de Pinochet.
En el texto «Philip Roth en el corazón de las tinieblas», afirma Missana que este gran novelista «despierta más admiración que empatía», y que «la simplicidad estilística de Elegía [novela de Roth publicada en 2006 y cuyo tema es la muerte] casi llega a ser una forma de ostentación». Una opinión profesional, sin duda, que coexiste con una suerte de crítica que nos intriga, pues dice Missana: » Elegía se ve lastrada por la decisión del autor de rehuir cualquier consuelo o esbozo de sentido trascendente ante la muerte». Es como si lo apabullara esta lúcida frase de Roth sobre su protagonista: «La vida le había sido dada, como a todos, arbitraria, fortuitamente, una sola vez y sin razón conocida o conocible». ¿Es esto una epifanía del vacío? No lo sabemos.


