«Me decía: Acá tenemos que dormir armados hasta los dientes»

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Autor de la Foto: CEDIDA
Título/Pie de foto: Víctor posa con María, su madre. Trabajaba en la frontera para ganar más dinero y así ayudarla.


Segundo, hermano de Víctor Godoy, el cabo primero encontrado muerto junto a su patrulla

Se convirtió en patrullero de frontera para ayudar económicamente a su madre. Le gustaba su trabajo, pero no las noches en el altiplano.

Arturo Galarce

Los Ángeles, 2008. El sargento miró a Víctor y le dijo: «Oye, eres empeñoso, deberías ingresar a Carabineros». El hombre era un cliente habitual del local de verduras que Víctor y su madre atendían en la vega de Los Ángeles, Octava Región. Hasta ese entonces, Godoy no sabía muy bien qué hacer con su vida. Estaba soltero y sin otro trabajo más que ayudar a su madre. Las palabras del sargento le hicieron sentido.

«Fue una oportunidad. Se inscribió altiro en la escuela de Carabineros de Los Ángeles y cuando se recibió fue trasladado a Valparaíso», cuenta Segundo Godoy (37), hermano del cabo primero encontrado muerto la mañana de este jueves en el altiplano, junto a su patrulla y a un kilómetro del cuerpo del sargento primero Germán Cid.

«Allá conoció a su esposa y después hizo un curso de patrullaje fronterizo en Los Andes. Su intención siempre fue ayudar a nuestra madre, que es viuda. Entonces como patrullero de la frontera iba a doblar su sueldo (por la asignación de zona)».

El 2013, una vez terminado el curso, Víctor (29) fue enviado a Arica y ubicado en el retén Tacora, cercano a la frontera de Perú y Bolivia, para realizar labores de patrullaje. El sueldo era mejor. Se estableció en la ciudad y después de un año, Jennifer, su mujer, ya estaba con él. El plan era juntar dinero y seguir ayudando a su familia, mientras postergaban el proyecto de ser padres para este año.

«Siempre nos comunicábamos, por teléfono, Whatsapp o Facebook. Me decía hermano, acá tenemos que dormir armados hasta los dientes «, dice Segundo. «Lo normal era que lidiara con traficantes de droga y animales. Y para la gente que había en el retén, que eran cuatro o cinco, era complicado porque tenían que salir a patrullar de a dos no más, mientras los demás se quedaban en el retén. Además me contaba que el único apoyo de Carabineros que tenían estaba a 45 minutos en camioneta. Me decía que si les pasaba algo, de aquí a que llegaran a ayudarlos ellos iban a estar todos muertos. Estaba preocupado, complicado también porque varios colegas estaban con licencia y prácticamente no tenía descanso».

Hace más de un año que Segundo y su hermano no se veían. Cada vez que hablaban, Víctor le decía que alguna vez lo llevaría a conocer los paisajes del altiplano. Segundo, al otro lado del teléfono, oía sus historias: como las de las termas silvestres donde de vez en cuando se sumergía para distraerse o las bandadas de flamencos que surcaban el cielo. «Alguna vez te voy a traer para acá arriba, me decía, para conocer los paisajes», dice Segundo. «A él le gustaba, estaba bien con su trabajo. Lo único peligroso eran las noches».

«Lo normal era que lidiara con traficantes de droga y animales»
Segundo Godoy

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