Profesoras relatan el bestial ataque que sufrieron en el Instituto Nacional
Una de las docentes creyó que había perdido la visión. Ella gritaba y lloraba que estaba ciega, cuenta una colega.
Minutos después de que sonara el aviso interno que ordenaba evacuar el liceo ante la presencia de encapuchados, tres profesoras del Instituto Nacional terminaron rociadas con un acelerante y con lesiones producto de golpes. La situación ocurrió pasadas las 9 de la mañana del viernes, cuando un grupo de jóvenes con rostros cubiertos comenzó a desplazarse por los patios mientras manipulaban objetos incendiarios. Según informó el municipio de Santiago, uno de los involucrados, un menor de 16 años, fue detenido en las inmediaciones. La Fiscalía Centro Norte está a cargo de las diligencias.
Una de las profesoras describe que la agresión la sorprendió en pleno proceso de orientación a los estudiantes. «Estábamos despachando a los estudiantes, luego de la activación de protocolo por encapuchados», relata. Cuenta que en la puerta que da hacia calle Prat «los estudiantes estaban mirando y esperando que carabineros llegaran a la puerta del colegio para enfrentarse con ellos». Por eso, afirma, gritó que la retirada de los alumnos se hiciera por San Diego. En ese instante, asegura, ocurrió el ataque: «Cuando grité despacho (es decir, que los alumnos se retiren del establecimiento) me rocían con bencina en la ropa».
La docente recuerda que lo primero que sintió fue miedo por los alumnos: «Sentí pánico de que los estudiantes se quedaran encerrados debido al bloqueo». Señala que algunos de los atacantes llevaron una cadena y candados para cerrar una de las salidas de emergencia y que eso aumentó la sensación de peligro. Sólo después supo que otras dos colegas habían sido agredidas de forma más grave: «Me entero que a mis colegas las habían golpeado y rociado con bencina y a una de ellas le lanzaron bencina a la cara, dañándole los ojos».
Relata que la situación la afectó físicamente: «Entré al baño donde la profe más afectada trataba de limpiar sus ojos con mi otra colega. Ahí me bajó la presión y comencé a tener náuseas imparables».
También acusa haber sido golpeada directamente por uno de los agresores: «Me empuja, me trata a improperios y me da un golpe de puño en mi cara, lanzando mis lentes lejos». Afirma que el ataque no fue al azar: «Muchas personas y colegas creen que este es un ataque con nombre y apellido. Que no es casualidad». Y agrega que la violencia se ha vuelto un factor constante en su jornada laboral: «Es difícil estar prácticamente toda la semana pensando en que saldrán capuchas en cualquier momento y te pueden lastimar. Es el miedo permanente de que nos puedan agredir de muerte».
Otra profesora afectada coincide en que los agresores actuaron coordinados. «El colegio se divide en dos sectores. Yo estaba en el sector dos. Los estudiantes sabían que iban a salir los capuchos, lo organizan a través de un Instagram», asegura. Dice que, cuando sonó la alerta entre las 9.05 y las 9.10, «empiezan a armar las bombas molotov dentro del colegio». Afirma que mientras intentaban orientar la evacuación, ella también fue atacada: «En eso que empezamos a evitar la evacuación, ahí a mí me rociaron con acelerante, porque no sé si era bencina o parafina, y me golpearon con una cadena en las piernas».
Explica que uno de los encapuchados intentó mantener a los alumnos dentro del establecimiento: «Con la cadena que a mí me golpea fue a poner la cadena con el candado. Cierra la puerta por dentro». Al dirigirse al baño de mujeres encontró a la colega más afectada: «Se estaba limpiando la cara. Pensamos que había quedado absolutamente ciega. Ella gritaba y lloraba que estaba ciega».
Sobrevivencia
Sobre las motivaciones, ambas profesoras afirman que se trató de una agresión específica. «Nosotros lo creemos absolutamente. Es un ataque dirigido a los equipos directivos», señala una de ellas. Sostienen que no corresponde a demandas políticas estudiantiles, sino a acciones deliberadas que involucran a «adultos» y se ven facilitadas por «leyes demasiado permisivas».
El efecto emocional, dicen, continúa. «A mí me da miedo de que puedan agredir no solo a mí, sino a varias otras personas que están en silencio por temor», reconoce una. La otra agrega que la violencia cambia por completo la dinámica en aula: «Hacer clases implica un desgaste permanente. La violencia altera el sentido pedagógico y obliga a priorizar la contención emocional por sobre el aprendizaje».
Las profesoras aseguran, además, que había alumnos de otros establecimientos. «Había algunos con poleras del Liceo de Aplicación y del INBA», dice una docente.
El municipio reforzó la vigilancia del sector y solicitó apoyo del Ministerio del Interior. Mientras la Fiscalía revisa cámaras y toma declaraciones, las profesoras piden garantías mínimas para ejercer su labor: «Sin protección efectiva, esto deja de ser docencia y se vuelve sobrevivencia», resume una de ellas.
«Esto deja de ser docencia y se vuelve sobrevivencia», ¨Profesora agredida.


