Se ha estrenado «Rigoletto» en el Municipal, en un montaje que en lo musical logra absoluta excelencia en todo el elenco de cantantes, situándose como gran elemento superior y soberano el director ucraniano Andriv Yurkevych.Se tiene en él a un maestro concertador de los mejores, no sólo comprometido con todas las aristas del Verdi profundo, sino también con el trabajo de las voces, junto a las cuales siente, vibra y respira cada instante de la ópera.
Estas, si acaso por lineamientos de la régie de Jean-Louis Pichon se desenvuelven retenidas en emociones, despliegan una inobjetable altísima calidad, haciendo que el servicio de la partitura en esta producción sea memorable.
El polaco Andrjez Dobber (Rigoletto) posee el más rico material de barítono verdiano, proyectado con un volumen muy generoso en un canto muy recio, cuyos guiños a la palabra exclamada son muy bienvenidos. Nos queda la interrogante sobre su estilo tan refinado y frío. ¿Es verdaderamente lo suyo o es una imposición? El estadounidense Rusell Thomas (Duque) es un tenorazo (por presencia, voz y calidad interpretativa), y si su gran aria y cabaletta ya son motivo de triunfo total, las célebres partes que luego vienen deben recibirse como regalos de máxima excelencia. La soprano Ekaterinaq Lekhina (Gilda) es la joya del reparto. Con un timbre muy personal en la zona media, un exquisito vibrato y certeros agudos casi infinitos en alturas, hace de su personaje una clase magistral de interpretación, la cual es, por lo demás, la mejor comunicada con las fugaces emociones. No en vano su «Caro nome» recibe la mayor ovación. El resto del elenco es todo chileno, destacando mayormente tres cantantes: el bajo Homero Pérez (Sparaficile) magnífico en lo vocal y actoral, Claudia Godoy (Magdalena), muy estereotipada en su sensualidad, pero impecable en el canto, y Ricardo Seguel (Monterone) en un abordaje que pese a su brevedad impacta por su fuerza y calidad. El Coro del Municipal, sólo masculino y con muy poca participación, está con sus bondades acostumbradas, agregando esta vez sugerentes susurros atmosféricos.
En lo teatral este «Rigoletto» llama la atención por viajar de la Italia renacentista a la Francia decimonónica, sin dejar claro los reales aportes de una mutación donde el vestuario de Frederic Pineau tiene mucho que decir y que en el caso del personaje central produce desconcierto. Este, que aquí no ejerce de bufón ni es el hombre maltrecho que indica el libreto, luce una elegancia que parece no corresponder y que unida a la frialdad y refinamiento ya señalados perfila un Rigoletto de otras esferas, y curiosamente maldito desde antes de la maldición de Monterone, pues el preludio dramatizado (fuera de libreto) ya lo muestra muy amargo y abatido.
La escenografía, también de Pineau, es monocorde y no logra apoyar ni jerarquizar con real fuerza la ambientación de todos los cuadros.


