Niños eternos
Criados por padres que nunca crecieron, muchos hijos de hoy deambulan por ahí sin entender de verdad lo que es crecer.
Hubo una época en que ser padre, y por lo tanto apoderado, era un asunto más o menos natural. Muchas veces sabías que no lo hacías del todo bien, pero como era lo que podías hacer por el momento, tampoco era un problema. Después los hijos crecían, más o menos solos, y podían, al tener sus propios hijos, remediar o remedar la educación que habían recibido.
Pero en algún punto esta cadena natural se torció y esos adultos empezaron a pensar que ser padres era una bendición, un premio. Casi una revelación suprema, que les permitía pasar por sobre cualquier consideración de sentido común, humildad y humanidad. Padres que no solo les creen todo a sus hijos, sino que, como se creen ellos mismos jóvenes eternos, también se sienten benditos, inexpertos e intocables.
Ubicados en el eterno sitial de las víctimas, estos padres luchan por mantener a sus hijos en el perpetuo rincón de los menores de edad blandos e inútiles. Y por sobre todo, intocables. Pobre del que quiera ser rígido, estricto o intransigente.
La vida, por cierto, termina por remediar este mal de la peor manera posible. Y esos padres que no sabían exigir, se enfrentan a hijos que no terminan nunca de crecer o que crecen hacia la infancia. Insatisfechos o deprimidos, inseguros o totalitarios. Náufragos nadando en un océano que no es como ellos pensaban.


