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Título/Pie de foto: Vicente Montañés
Vicente Montañés
No sé si tiene que ver con lo que está en el aire, pero me tinca que sí. El otro día, mientras librepensadores y creyentes de ambos sexos -bebiendo limonada todos- se aleonaban en la mesa, gritando en contra o a favor del mandamás de la universidad vaticanoide, encendidos por la despenalización del abortamiento en circunstancias de vida o muerte materna, o de malformación descerebrada en el nonato, o bien si la fecundación fuere consecuencia de una cópula forzada y brutal, delictiva y traumática a todas luces, una distinguida madre de familia paró el dedo para evocar, con ánimo de enriquecer el debate, la didáctica visita que hiciera a cierto museo histórico en el hermano y alterado país de Bolivia.
«Oye, imbécil», susurra hoy, en mi oído, una prima mía que sus narices mete: «¿No puedes decir las cosas por su nombre? ¿Aborto, feto, violación? ¿Universidad Católica de Chile? ¿A-se-si-na-to de un inocente?». Quiso tirarme de una oreja (niños ambos, me ayudaba en las tareas caligráficas), pero hice con el cuello una cachaña a lo Alexis, y así, semidiós mediante, la eludí sin daño.
Pensé decir: no, pues, no puedo hablar ni escribir de otra manera. No me nace. Ignoro la causa. Etcétera. Pero opté, mejor, por recordarle las palabras de la mencionada viajera, para que así reflexionase también ella sobre los meandros subterráneos de la naturaleza humana. Tenía que ver esta historia, cómo no, con la Iglesia católica. Y mi prima está viviendo, al respecto, una agria lucha interior.
Si hemos de creer al guía que acompañó a nuestra amiga, y vista la multitud de pequeños cadáveres expuestos en aquel museo de la ciudad de Sucre, deberemos concluir -parafraseando a Wojtyla- que el amor carnal es el más fuerte. «¿Más fuerte que qué, oye?», se intriga mi prima Raquel, apaciguada. «Más fuerte que las ideas morales», le respondo sin pensar (odio que me interrumpan).
Según aquel guía especializado, las monjas clarisas de un convento emparedaban los abortados fetos mal o bien habidos (no queremos juzgar sentimientos) a través del comercio sensual con ensotanados aledaños, dícese que franciscanos. «Había un túnel, me dijeron, que conectaba ambos conventos», manifestó la viajera. No es, entonces, imposible imaginar que en esos túneles se unieran, como en una secreta trompa de Falopio, el cura-espermio y la monja-óvulo (es metáfora celular, no deshumanización ni desacato de honor), ganosos tal vez de obedecer, en su arrebato, la divina sugerencia de «creced y multiplicaos». La resultante preñez significaría darle, con cruel alicate, una vuelta de tuerca espiritual al asunto.
El fecundador correría de vuelta a lo suyo, hábitos interrumpidos. Los curas católicos, ya se sabe. Pero también la monja libidinosa (mentalmente sana, diríase, si se trata de consenso entre adultos) es un obsesivo rasgo cultural de Occidente. Una fantasía bien encarnada, también, en el imaginario masculino: léanse, si no, las páginas (y véase la película de Pasolini) del Decamerón de Boccaccio. O recuérdese ese lúcido chiste vernacular en que la abadesa exclama, plantándose ante el bandido jefe: «¡A todas!». Miro a mi prima: algo nada inmoral está rumiando esta mujer.


