El chef Jonathan Angarita y la bartender Daniela Solís tuvieron que reinventarse económicamente
Mi marido dice que yo soy peor que la PDI, cuenta la joven. Hacen tres citas a la semana, con seis cupos cada una y hay que pagar el 50% por adelantado.
Los menús tienen inspiración asiática, pero lejos del sushi y los arrollados primavera. Angarita ofrece creaciones originales. Los cócteles están a cargo de Solís.
¿Suena interesante? Sin duda, aunque también resulta agotador para sus dueños.
«Ha sido un desafío porque, de los dos, soy el que menos descansa», detalla Angarita. «Cada uno, fuera de Uri, tiene su trabajo por separado: aquí estamos de domingo a martes, y de miércoles a sábado seguimos con nuestras ocupaciones. Entonces, los domingos, sin importar lo que pase, debo ir a La Vega a buscar productos frescos. No trabajo con alimentos congelados ni embolsados; compro el pescado semanalmente y solo uso algunas salsas base ya preparadas».
La idea surgió cuando el chef estaba próximo a viajar a Canadá. Por entonces, asesoraba un restaurante de cocina asiática -su especialidad- que aún no abría e invitó al dueño del local a probar sus preparaciones en casa. Solís se unió al proyecto con sus cócteles, aportando a las pruebas culinarias.
El viaje a Canadá se canceló y la pareja quedó en una situación incierta: Solís había renunciado a su empleo y Angarita había anunciado su salida.
«Le pregunté a Jonathan si le quedaban ingredientes, como arroz, fideos o salsas; me dijo que sí, así que le propuse organizar cenas en la casa. Así podríamos usarlo como laboratorio para seguir creando cócteles y desarrollar sus recetas», relata Solís.
Daniela, ¿recibir a tantos desconocidos ha sido positivo o alguna vez han tenido problemas con los clientes?
«Nos ha tocado de todo, como en la viña del Señor: gente mañosa, que no habla, pero nada malo. A pesar de ser personas desconocidas, mi marido dice que yo soy peor que la PDI, porque los investigo antes de dejarlos entrar. Ellos transfieren el 50% de la cena y yo averiguo bien a quién estoy invitando; los busco por el rutificador, en Instagram y, si tienen el perfil privado, incluso los sigo. Estamos abriendo la puerta de nuestra casa».
¿Han rechazado a alguien?
«No. Es una cuestión de confianza mutua».
Jonathan, con 18 personas por semana, parece ser una buena fuente de ingresos.
«En términos de costo-beneficio, nos resulta excelente. Uri es básicamente nuestro principal sostén ahora mismo, porque al igual que cualquier restaurante, tiene que cubrir sus propios gastos. Para nosotros es un alivio ahorrar con los otros trabajos que tenemos y, además, aprovechar los excedentes de Uri. Pero también reinvertimos: hemos comprado vajilla, cubiertos, cristalería, un aire acondicionado porque el calor es insoportable, y así sucesivamente. Estamos haciendo mejoras, pero a una escala más pequeña y con beneficios para nuestra vida diaria».
Jonathan, en los restaurantes hay clientes que siempre encuentran algo por lo cual quejarse. Si eso ocurre en su casa, ¿no resulta más incómodo?
«De todas las personas que hemos atendido, creo que solo dos no se fueron del todo conformes. Mi cocina es muy plant-based y una vez tuvimos a un caballero que esperaba un filete de medio kilo asado a la parrilla. Y, pucha, no entendió el concepto. También hubo una señora que simplemente no estaba satisfecha con nada, pero el problema era que a ella no le gustaba casi nada. No comía huevo ni el 80% de lo que estábamos sirviendo».


