Pescador dirigió su lancha hacia la gran ola y la pasó

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No entiende muy bien por qué sobrevivió

José Henríquez estaba embarcado a la hora del terremoto y enfiló hacia el único lugar donde podía sobrevivir al tsunami: mar adentro.

COLIUMO

El hombre lleva 40 años dedicado a la pesca y, en cierta medida, cada vez que sale a la mar se enfrenta a la muerte y al recordar lo ocurrido la madrugada del sábado 27 de febrero, cuando estaba en su lanchón, su cara curtida por el sol se quiebra aún más.

«Eran como las tres un cuarto, mientras trabajábamos las jaibas y los congrios, a unos 50 metros de la costa, cuando nos tiramos a descansar», comienza José Henríquez, que está sentado en la mesa de su casa en la pequeña caleta de Coliumo, a un kilómetro de la pulverizada Dichato, en la Octava Región. A su lado está su yerno, Guillermo Ulloa, que lo acompañó en aquella jornada.

«La noche ya había sido bien rara, porque habíamos visto peces que nunca antes habíamos pescado: jureles, sardinas y otras más. Era como si hubiesen estado arrancando de algo. Cuando ocurrió el terremoto, el lanchón, que apenas tiene ocho metros de largo, empezó a saltar. Creí que se iba a partir. Nosotros apenas nos podíamos mantener en pie. Cuando terminó, a los pocos minutos la mar empezó a recogerse, pero a recogerse mucho. Entonces decidí irme al Pacífico, mar adentro. Es lo más seguro. Nos fuimos como 250 metros adentro y esperamos otro poco. Entonces apareció».

«Era una pared blanca de unas…», dice Ulloa. «¿22 millas?», completa la frase su yerno. «Era inmensa. Yo estaba muerto de miedo, pero había que hacer algo y lo que hice fue enfrentar la ola de frente, porque, si lo hacía de lado, el barco se vuelca, seguro. Cuando la tuvimos encima, yo calculé que la ola tenía unos ocho metros de alto. Venía reventada, dando vueltas. No entiendo muy bien cómo la pasamos. Pero cuando la topamos, el barco se levantó y como que encontró de pura suerte un surco en la ola. Creo yo. El barco saltó y al otro lado caímos de un porrazo. Pero fue tanta la fuerza de la ola, que nos arrastró de nuevo a la bahía».

Segundos después, don Henríquez vio desde lejos cómo la ola gigante que acababa de sortear, azotaba las costas con bestial crueldad.

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