Pititore Cabrera: las volteretas de la vida

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El final llegó con esa crueldad sorda que a veces reserva el mundo para sus viejos acróbatas. Queda el eco: un flaco de barrio que entró al fútbol como quien se mete a una pelea.

Víctor «Pititore» Cabrera salió de Quillota como salen los personajes peligrosos y encantadores: flaco, hambriento, medio salvaje, con una risa de sobreviviente y el cuerpo entrenado para escapar. Nació a fines de 1957, el tercer hombre entre diez hijos, en una casa donde el dinero duraba menos que un fósforo y la paz tenía la consistencia de una puerta mal cerrada. El padre, un arquero de barrio apodado Pelusa, orbitaba entre la bohemia y el desorden; la madre hizo lo que hacen las mujeres acorraladas cuando se cansan de perder: agarró media prole, apretó los dientes y siguió como pudo.

El niño aprendió temprano el lenguaje de la intemperie. Estacionó autos, fue pasapelotas en un club de tenis, limpió casas ajenas y cantó en las micros. En medio de ese carnaval de trabajos menores aprendió también el oficio mayor: el fútbol. Era un alambre con ojos vivos, 52 kilos de hueso, insolencia y reflejos, cuando Punto Silva y Máquina Hernández lo arrastraron a San Luis con promesa de pensión, comida y un puesto en ese circo hermoso donde a veces los pobres consiguen disfrazarse de héroes.

Le decían Pelusón, por herencia, hasta que la calle decidió rebautizarlo. La calle siempre cobra ese derecho. Pititore apareció cuando la adolescencia ya le había metido marihuana en los pulmones y vértigo en la sangre. Trepó árboles para huir de los castigos, aprendió volteretas con amigos de gimnasia, convirtió el cuerpo en resorte y la travesura en sistema de vida. Más tarde, ya profesional, todavía cargaba esa electricidad de plaza brava y festejó sus goles con piruetas de circo: su marca fue esa mezcla de potrero, acrobacia y demencia controlada.

En 1980 San Luis salió a recorrer el país con la camiseta inolvidable de Conservas Centauro. Por ahí corrían Pato Yáñez, Pindinga Muñoz y Pititore Cabrera, una pandilla de velocidad, hambre y volteretas que convirtió a Quillota en una feria de goles. San Luis ascendió y ese equipo quedó pegado para siempre a la memoria popular.

Fue goleador de Primera con Regional Atacama en 1984, con 18 tantos. En Colo-Colo ganó la Copa Polla Gol de 1985 y dejó goles, sacudidas y esa sensación incómoda que provocan los tipos hechos para la fiesta y el sobresalto. También quedó la leyenda del loro paraguayo, educado por Pititore para dedicarle insultos memorables a Clavito Godoy. Una escena así explica más del fútbol chileno que cien seminarios de gestión deportiva: talento, picardía, afecto rudo, camarín, noche larga y un ave deslenguada tirando verdades desde el hombro del goleador.

Al Pititore Cabrera lo encontraron muerto este jueves en su casa. Tenía 68 años y estaba solo. Los reportes de prensa hablaron de varios días desde la data de muerte y de enfermedades de base que lo venían desgastando. El final llegó con esa crueldad sorda que a veces reserva el mundo para sus viejos acróbatas. Queda el eco: un flaco de barrio que entró al fútbol como quien se mete a una pelea, que salió del pozo a pura astucia corporal, que convirtió el gol en número de alto riesgo y que dejó flotando, en medio del duelo, una sonrisa torcida de compinche incorregible donde a otros les gustaría hablar de épica.

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