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Título/Pie de foto: Leonardo Sanhueza
Leonardo Sanhueza
Los niños siempre están filosofando y a cada rato se encuentran entrampados en una abstracción o en un enigma de la naturaleza. El otro día el hijo de una amiga me preguntó por qué la ceniza era blanca. Es el tipo de preguntas que uno, aunque sepa la respuesta, se demora un tanto en contestar, perplejo al descubrir la de cosas que puede pasar por la cabeza de un niño. Al final, le dije lo que se me ocurrió: que la ceniza puede ser blanca, pero también negra, gris, ocre, rojiza, y que eso dependía de factores como la composición química y el grado y tipo de combustión. ¿Habrá quedado conforme con la explicación? ¿Con qué me saldrá la próxima vez que lo vea?
Eso me recuerda el chiste de Les Luthiers acerca de un niño que pregunta por qué flotan los barcos, a lo que su padre contesta con el principio de Arquímides, recitado de pe a pa. El niño, por supuesto, no entiende nada y vuelve a preguntar. El padre, ya un poco mosqueado por la insistencia, otra vez recita el principio de Arquímides, que para el niño sigue siendo un galimatías. La escena se repite ad nauseam , con el padre cada vez más alterado, hasta que pierde los estribos y grita su respuesta como un demente, derrotado en su afán pedagógico.
En la filosofía infantil hay tres temas especialmente favoritos y, a la vez, angustiantes: el infinito, la nada y la muerte. Por buenas que sean las explicaciones, pensar en eso les produce inquietud y aun escalofríos, y no sólo a ellos, sino también a los adultos, incluidos los que, por su formación científica, estén en condiciones de comprenderlo cabalmente. Son ideas abismantes, cuyo efecto parece amplificarse en la mente de los más chicos, que quedan petrificados ante lo que es explicable pero difícilmente comprensible fuera de la imaginación fantasiosa; por ejemplo, uno puede explicarle a un niño los túneles negros y levemente curvos que forma la sucesión de reflejos en los ascensores con espejos opuestos, pero el misterioso efecto hipnótico de ese «black hole» abierto hacia quién sabe qué dimensiones de la realidad parece resistirse al conocimiento y a sus frías leyes acerca de la óptica.
Recuerdo la impresión que me produjo de chico el llamado «Grabado de Flammarion», aquel en que un peregrino o misionero asoma la cabeza más allá del firmamento y, como quien atraviesa una cascada, descubre una infinidad de maravillas extrasiderales. Lo impresionante era el modelo del universo allí representado: el universo visto como una cúpula sobre la Tierra plana, similar a las de las ciudades del futuro. El Sistema Solar y la Vía Láctea y todo lo demás quedaban así dibujados a escala humana, con un añadido metafísico más allá del todo, en donde tenían lugar las cosas invisibles. Era fascinante. Además, la condición «antigua» del grabado le daba a esa escena un valor sacro, mistérico, como de iniciados en alguna orden secreta de la temprana Edad Media. Con los años me enteré de que se trata de una farsa, un burdo montaje que el astrónomo Flammarion, asiduo a los cuentos chinos, había creado en el siglo diecinueve para divertirse un rato mediante la divulgación del lado fantástico de la ciencia.


