Cocineros amateur temen que expertos les hagan pebre sus platitos caseros
Gremio gastronómico pide clemencia: aseguran que nunca critican la comida ajena y que no les interesa comer tan sofisticado.
«Qué miedo invitarte»
Los chefs son rechazados a menudo de los comedores de sus amigos. La razón es sencilla: el temor a que sean muy criticones de los platos que les sirven o que les parezcan demasiado simplones. «Siempre me dicen qué miedo invitarte, no sé qué darte de comida . La única que no tiene ningún miedo es una prima que siempre tiene comida casera, común y corriente», cuenta Álvaro Lois, chef que asesora a diversos restoranes.
Lois sufre esta curiosa discriminación a cada rato: «Casi nunca podemos acceder a un plato de cazuela o a unas pantrucas; pero cuando nos dan eso somos felices porque es diferente a lo que comemos por lo general». Añade que el prejuicio del chef que siempre come en restoranes de mantel largo es también un mito: «Casi siempre comemos parados, a veces nos tocan las sobras, comemos comida súper básica y súper mal. De repente no te das ni cuenta que no has almorzado. Es muy diferente a lo que la mayoría de la gente cree».
Lo imperdonable
Juan Pablo Mellado estudió gastronomía en el Inacap de Viña del Mar y hoy es chef de la ondera fuente de soda Las Cabras en Providencia. Dice que desde que era estudiante sus amigos lo tenían de cocinero designado, incluso fuera de su casa: «Preparaba cosas sencillas, como vivía en Valparaíso hacía harto pescado». Ahora, cuando va a comer fuera, muchos dueños de casa se justifican. «Te dicen esto no es tan rico como lo que estás acostumbrado a comer; y no es así, no por ser cocinero uno necesariamente es sofisticado para comer», explica.
-¿Cómo eres cuando sales?
-En los restoranes sí me pongo exigente. Ahí les estás pagando a profesionales del servicio y debería estar todo impecable. Los errores de servicio los perdono; los de cocina, no. Es imperdonable que la carne esté recocida o que el pescado esté fuera de punto: ahí reclamo.
Voto de aprobación
La chef Carola Correa recuerda que hace poco fue a un cumpleaños donde había un carrito de hamburguesas. «El dueño del carrito me miraba todo el rato. Era incómodo porque uno tiene que estar todo el rato poniendo cara de uy, qué rico , porque están esperando tu aprobación. A veces eso igual pasa con los dueños de casa: te preguntan a cada rato cómo está la comida. Una igual quiere alejarse a ratos de la profesión; aparte, nunca puedes decir que la comida está mala».
Correa, que vive en Olmué, nota la reticencia de la gente a invitarla a comer a la casa: «Se ponen nerviosos. Cuando llegas te atienden demasiado bien, la comida es demasiado rica, en la mesa hay flores, los platos están preciosos. Notas que la pobre dueña de casa lo pasó pésimo al invitarte. Así que al menos yo, cuando no trabajo, no ando criticando ni nada, y me salgo fácilmente de mi rol de cocinera».
Cambiar la rutina
Francisco Mandiola, chef del restorán Europeo, dice que para los asados la gente se hace menos atados para invitar a comer. Lo que sí, ninguno de sus amigos puede dejarse caer a almorzar un domingo en su casa: «No invito a nadie a comer. Para las Pascuas sí, pero cocinar para alguien, no. Estoy todo el día metido en cocinas; en mi casa me gusta relajarme un rato y cambiar un poco la rutina».


