Puras falacias

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El fútbol, como la vida, también está hechode verdades rotas por dentro. Las emociones son inexactas. Los jugadores no son nuestros. Solo nos los prestan un rato, como la infancia.

Eduardo Vargas volvió a Chile sin regresar a casa. Como esos hombres que vuelven al barrio, estacionan frente al edificio donde crecieron y ni siquiera bajan del auto. La diferencia es que esta vez el barrio lo esperaba, con la mesa puesta y los mismos lienzos desteñidos colgando en las rejas del Estadio Nacional. Pero Vargas no tocó el timbre. Siguió de largo y fue a firmar con Audax Italiano. No parece un error, parece un acto deliberado. Una omisión sentimental, más que una decisión deportiva.

La hinchada de la U quedó como esa amante que esperaba una llamada que nunca llegó: Penélope en el andén. Porque los regresos a veces solo existen en las películas. Y porque en Azul Azul, a esta altura, nadie sabe escribir finales felices.

No está claro si lo intentaron. Se habla de dinero, de prioridades, de esas palabras que se usan para cubrir una herida sin mostrarla. Quizás nunca lo buscaron del todo. O quizás sí, pero a medias, como cuando alguien dice «nos vemos» sabiendo que no hay intención de volver a cruzarse. Vargas, que ha vivido demasiado tiempo fuera, reconoció el tono del desaire. Y eligió callar. Firmó en silencio. Ni siquiera con despecho.

Es cierto: ya no es el delantero irrefrenable de 2011. Las piernas se le han llenado de historias. Algunas buenas, otras menos. La Copa América, goles en el Brasileirao y una fila de clubes que lo usaron como se usan las linternas durante un apagón. En Audax encontrará otra cosa, la intimidad de la famiglia audina: el mismo entusiasmo con menos gente y menos gritos.

Vaya uno a saber si le alcanza. Vargas fue más que un jugador para la U. Fue un grito. Fue una postal. Fue la última vez que muchos lloraron de felicidad en un estadio. Fue el crack que dejó 15 millones de dólares cuando se fue y al que hoy no supieron, o no quisieron, decirle que sí. Y él, que ya ha vivido mucho para su edad, entendió todo con rapidez: no estaba invitado. Entonces buscó otro lugar. Uno más pequeño, más discreto. Uno donde no pesaran los recuerdos.

Quizá lo único que quedó en pie de todo ese amor es una frase. Una que se le salió, se dice, sin saber que sería una bandera: son puras falacias. Como si él mismo supiera, antes que nadie, que hay cosas que solo parecen verdaderas porque no nos atrevemos a probar su mentira.

Verlo ahora es como ver una fotografía intervenida. Es él, pero no es él. Entra al área, sonríe, patea. Y en Ñuñoa alguien mira el partido en silencio. Alguien cambia de canal. Alguien se pregunta por qué duele tanto algo que nunca ocurrió.

Porque el fútbol, como la vida, también está hecho de verdades rotas por dentro. Las emociones son inexactas. Los jugadores no son nuestros. Solo nos los prestan un rato, como la infancia. Los vemos triunfar, los lloramos, les cantamos. Pero no podemos exigirles que regresen a lo que alguna vez fueron. Porque a veces -como esta vez- ni siquiera ellos saben cómo hacerlo. Y cuando no vuelven nos queda la sospecha de que tal vez ya no había nadie esperándolos en casa. Sólo un nombre pintado en un muro que se cae.

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