Rasgando investiduras

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La reacción de Escalona y de Lagos Weber ante la carcajada del ministro Golborne en el Congreso me hizo recordar a los inspectores del colegio, ese tono de voz amenazante, esa mirada experta en la detección de responsables.

He estado pensando en la carcajada del ministro Golborne en el Congreso y no me puedo sumar al coro de los indignados. Al ministro se le podría acusar de haber explicitado su distracción en el momento en que se iban a tomar decisiones políticas muy fregadas, pero su interrupción -involuntaria al menos en un plano consciente- no tuvo hasta donde yo sé influencia en la consecución de los hechos. La reacción de Escalona y de Lagos Weber me hizo recordar a los inspectores del colegio, ese tono de voz amenazante, esa mirada experta en la detección de responsables. En el segundo plano del audio del altercado se escuchaban -tal como en el colegio- las intervenciones inquisitoriales de los acusetes: él fue, él fue.

Los que han condenado a Golborne -incluso sugiriendo su destitución- apelan, como siempre en estos casos, al asunto de la investidura. Qué tontera: en las caricaturas de las republiquetas bananeras que salían antes en los programas de humor siempre se enfatizaba la seriedad que le otorgaban los dictadores títeres a su propia investidura, produciendo un resultado simiesco, imitativo, ridículo.

Las conferencias de prensa, las ponencias académicas, las mesas redondas, las presentaciones de libros, ésas y otras instancias comunicacionales suelen ser ritos muy tediosos, en los cuales el arte de la palabra -su uso- parece condenado a circular por los canales más predecibles, cualquiera sea la importancia del tema que se esté tratando.

Hace más de treinta años a Erick Pohlhammer le tocó dar una conferencia sobre poetas rumanos contemporáneos en la Sociedad de Escritores, con la asistencia, en el público, de diplomáticos de las vaporosas tierras de Drácula. Erick, para calmar los nervios antes de entrar a escena, aceptó tomarse unos tragos, y como no tenía mucha familiaridad con el alcohol se curó. Se entenderá que su exposición fue una chacra, pero de ella tengo el mejor recuerdo, porque no hay risa más terapéutica que aquella que surge en los lugares donde la risa está proscrita.

El siguiente ejemplo lo he contado antes: 1982, Instituto Goethe, ciclo de cine mudo expresionista alemán, funciones todas las tardes durante una semana. Entre los espectadores había una niña rubia y medio desgarbada a la cual este tipo de cine le producía la más estridente hilaridad. No podía parar de reírse a gritos con los primeros planos a esas caras excesivamente blancas de bocas pintadas y ojos movedizos, y con esos aproblemados personajes que huían entre inclinados edificios de cartón. El summum vino cuando de repente un tipo con chaqué se puso a subir por un muro con la velocidad de una lagartija. Pues bien, la gente reclamó, le exigía a la niña que se callara, respeto con el arte, ese tipo de cosas. Pero un señor se levantó de su asiento y dijo airadamente: «Qué tanto reclaman. Cuando vino la comedia francesa nadie entendía un pepino, pero todos se reían por obligación».

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