Risa general

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Cuando a fines de los ochenta Augusto Pinochet visitó en Valparaíso las obras en construcción del actual Congreso, en compañía del ministro Collado, un grupo de obreros lo abucheó desde los andamios. Pinochet, «haciendo bocina con sus manos»-como escribió por entonces el periodista Mauricio Gallardo- les gritó varias veces «¡mal agradecidos!». La voz le salió pituda, ahuasada, no muy intimidante.

Quizás ése fue para él un momento de disminución temporal del poder, un período de cansancio, tal vez estaba agripado o el gingseng que tomaba no le estaba haciendo efecto.

Como sea, su interpelación tuvo un sello muy distinto al de anteriores alocuciones, cuando discurseaba ante los empresarios y parecía que hacía silbar la huasca mientras hablaba. Refiriéndose a un sindicalista de El Teniente, en el 84, recuerdo que dijo: «Al fulano ese de Rancagua lo vamos a escarmenar un poco para que se vea de la laya que es». No usó la palabra escarmentar, que hubiera sido correcta, sino escarmenar, un término de peluquería que -atendiendo a las historias de torturas de su régimen- sonaba bastante siniestro. ¿Escarmenar utilizando la electricidad?

Bueno, debo decir, con la seguridad de ser muy mal entendido, que estas declaraciones producían risa. Que uno se riera de los exabruptos de Pinochet -agente del miedo- no implicaba ningún tipo de adscripción hacia su gobierno. A veces, por lo demás, hacía chistes muy fomes, como el de la dictablanda, o directamente estúpidos, como el de la economía de espacio metiendo varios cadáveres en un mismo hoyo. La gente de oposición se reía mucho además de las declaraciones de José Toribio Merino, que a veces lograban efectividad literaria: «El ruso es terrestre, semivegetal»; «los bolivianos son auquénidos metamorfoseados».

Me gustaría que los psiquiatras de esa época pudieran aclarar qué significaba Pinochet para los chilenos en un sentido profundo, más allá de la contingencia. Me imagino que entre sus apuntes tiene que haber muchos sueños de ciudadanos comunes con Pinochet como protagonista onírico. Sería un gran libro: Pinochet en sueños, representación inconsciente y estructuras de poder familiar y social, o algo por el estilo.

Es obvio que el dictador funcionaba para nosotros como el padre arcaico, una especie de Saturno. En el 86 los extremistas se tomaron muy en serio a Freud -«matar al padre»- y lo recibieron a bazucazos en la cuesta Achupallas. Pero fracasaron, no tanto a causa de la intervención de la Virgen María como de su propia inoperancia. La Virgen dejó su retrato en las trizaduras de un vidrio del auto atacado. Esto también provocó risa, pero qué puedo hacerle yo: esa figura correspondía a la que uno conoce de la Virgen.

Yo soñé a los 19 años que Pinochet me esperaba en una pequeña casa de un cité, una tarde de otoño. Nos sentamos en torno a una mesa con mantel de plástico. Nos dieron té en tazas de pirex opaco. El viejo me aconsejaba sobre el futuro, el trabajo, los estudios, las mujeres. No tengo idea cómo puedo interpretar ese sueño. Cuando lo contaba en aquellos días producía, una vez más, mucha risa.

Que uno se riera de los exabruptos de Pinochet -agente del miedo- no implicaba ningún tipo de adscripción hacia su gobierno.

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