Los humoristas padecen una especie de hipocondría laboral, que los hace llorar o quejarse en su lugar de trabajo por penurias que la mayoría de la gente reserva para su espacio doméstico.
Los humoristas chilenos suelen dejar la impresión de que siempre están en algún tipo de aprieto. Tanto es así, que dudo que haya un gremio más aproblemado que ése. Todo les sale mal, incluso cuando les sale bien. De hecho, pueden estar tocando el cielo del éxito, pero de todos modos alguna variedad de llanto irrumpirá en sus ojos. Nunca les faltan las razones para llorar: el destino ha sido muy desgraciado, la esposa se fue con otro, la economía ha sido adversa, los narcóticos son cosa seria, las amantes destapan sus ollas, la televisión es un negocio cruel, la vejez llega en el momento menos oportuno, el esfuerzo nunca es proporcional al reconocimiento del público, el pasado se ve más triste cuando se lo mira desde una cúspide, uno ve caras pero no corazones, etcétera. Padecen, pues, una especie de hipocondría laboral, que los hace llorar o quejarse en su lugar de trabajo por penurias que la mayoría de la gente reserva para su espacio doméstico.
Sin embargo, a diferencia del resto de la farándula, que ha integrado totalmente sus problemas personales a su espectáculo, los humoristas se sitúan un paso más allá o más acá de la línea en que se funden lo público y lo privado: en efecto, sus «rutinas» están perfectamente disociadas de sus emociones, sus cuitas privadas y sus lamentos, pero en algún momento se juntan y crujen, hacen crac, y entonces el humorista llora o patalea.
Ese quiebre es patético, desde luego, pero no lo es por la simple aparición del «payasito triste» que todo humorista lleva dentro, sino porque incluye una retahíla de justificaciones morales. El humorista se transforma entonces en un predicador, en un lastimero, en un taimado, y proferirá una perorata feliz o amarga acerca del apoyo al artista nacional, la necesidad de la risa en la vida diaria o la importancia de su oficio en el quehacer del hombre común.
Lo paradójico es que ese arranque moralista y sensiblero no se condice en absoluto con la naturaleza corruptible del oficio del humorista. Para hacer reír hay que desentenderse de las barreras entre el bien y el mal, hay que tener el cuero duro, hay que dejar la sensiblería en la casa, y todo eso deja al chistólogo en una situación parecida a la del mercenario. Quizás por eso, en Chile al menos, el objeto preferido del humor es el débil, el tonto, el desprotegido, el perseguido, el discriminado; hacer humor acerca de los poderosos es muy difícil y, cuando se logra, a menudo es sólo una aplicación de los moldes de los débiles a esas figuras dominantes: crítica de orejas, crítica de narices, crítica de esposas feas, etcétera. El humorista chileno, salvo contadísimas excepciones, se va a la segura. Aunque tenga la ocasión cantada, con poderosos que dejan sus caricaturas servidas a diario, el «artista nacional» nunca se arriesgará a meterse en las patas de los caballos. No es su estilo, dice.


