Carpas están en el estadio El Morro de Talcahuano
Chiquillo de 12 años es uno de los 600 damnificados que están viviendo en el estadio El Morro.
Rodrigo Gutiérrez, el Rorro para los amigos, fue el primer voluntario para que los marinos le cortaran el pelo. No era un castigo ni un reclutamiento forzado. En el estadio El Morro de Talcahuano, donde desde el lunes pasado se instalaron 190 familias de la dañada población del mismo nombre, un uniformado que llevaba una tijera y un generador para hacer funcionar la máquina que empareja, ofreció un cambio de look a los damnificados.
«¿Y para qué te cortas?», le preguntan al Rorro sus secuaces, Maicol Inostroza, más conocido como El Chule, y José Macaya, el Pepe. «Porque tengo la media peluca y para que me vean las chiquillas», responde muy suelto de cuerpo el chico de 12 años, quien admite que uno de sus pasatiempos en el campamento de emergencia, donde no hay electricidad y el agua hay que llevarla en bidones, es «mirar a las niñas». Risas de los amigotes.
«Igual es aburrido, no hay mucho que hacer aparte de conversar», agrega el Rorro, ahora luciendo una chasquilla que jura que tiene onda. «No hay televisión y mi computador se lo llevó la mar, no se salvó nada del primer piso de la casa», agrega, paseando entre las carpas impermeables que fueron donadas por Rusia para los afectados por el maremoto, y que le otorgan a la cancha del estadio un aspecto de zona de guerra.
Según calculan los dirigentes de la población, van a ser el hogar de las 600 personas por lo menos hasta que pase el invierno.
«Igual son amplias, aunque dormimos cinco personas en cada carpa», comenta el niño mientras hace fila en el polvoriento terreno para lavarse los dientes en una inmensa copa de agua que tiene una pequeña llave. «¡Buena Rorro!», le gritan unas vecinas sentadas afuera de una carpa. «¿Ve que me veo lindo?», fanfarronea el niño símbolo del campamento.


