Siento que nos acerca el haber pasado por crisis muy similares, dice Carolina Ulloa
Colegas advierten que esta especialidad exige capacitación y un profundo cuidado emocional.
La sicóloga Carolina Ulloa sufrió una crisis matrimonial que la llevó a terapia de parejas. Se les habían juntado demasiadas cosas, recuerda: «Era un mix de situaciones muy comunes: dos hijos pequeños, él tomando un rol más secundario en la crianza, yo sintiéndome muy cansada y sola en esta tremenda responsabilidad, así como muy dejada de lado por mí misma. En ese momento sólo criaba, había dejado de lado mi desarrollo profesional y eso me hizo explotar».
Aunque admite haber pensado que la solución era separarse, entendió que su crisis de pareja «en gran parte también era una crisis personal donde tenía que reconectar conmigo y mi camino personal». Tras reencontrarse -«y que mi marido madurara en lo que le correspondía»- se volvió a encantar; de paso, le quedó la vocación: se convertiría en terapeuta de parejas, en lo que ya lleva seis años. «Me ayudó mucho haber conocido la terapia de parejas primero como consultante; de hecho, siempre lo comento en la primera sesión, porque siento que nos acerca el haber pasado por crisis muy similares a las de la mayoría de las parejas que llegan consultando por terapia conmigo», señala.
Actualmente Ulloa está especializada en el modelo TFE (terapia focalizada en las emociones), enfoque creado por Sue Johnson; también es autora del libro «Parejas en terapia». «Entré en un túnel del cual no he salido, me encantó y me nutrió como terapeuta, persona y pareja. Todo lo voy aprendiendo», afirma (@terapiafamiliaryparejas, https://acortar.link/Ng2oSK)
¿Ha cambiado la demanda por terapia de parejas en los últimos años?
«Creo que hay mayor apertura. Hay gente que cree que debe estar muy mal para ir a terapia de pareja, que piensa cómo vamos a ventilar nuestros problemas más íntimos con una extraña. Pero cada vez más parejas lo ven como una vía, ya sea para salvar la relación -las llamadas parejas al borde del abismo- o quienes vienen de forma más preventiva, sin esperar estar tan mal, entendiendo que entre más pronto obtengan herramientas para solucionar sus conflictos, mejor prosperarán».
¿Hay quienes llegan a terapia buscando más bien validar su decisión de terminar?
«En general llegan buscando salvar la relación. Muy pocas vienen de manera preventiva para trabajar algunos problemas, y también hay pocas que llegan a validar su decisión de terminar. Se los explico en la primera sesión: cuando veo rasgos que una persona ya está en retirada de la relación o en el desamor, es una contraindicación para la terapia de pareja; si yo tengo la creencia interna de que esto ya no funcionó y no quiero estar ahí, difícilmente una terapia me hará cambiar de parecer».
¿Es muy diferente hacerle terapia a una pareja versus a un paciente individual?
«Es desafiante hacerle terapia a dos personas, porque a veces vienen con motivos de consulta distintos: por ejemplo, una quiere terminar y la otra salvar la relación. Hay que ser muy cuidadosa para validar ambas posturas, aunque sean opuestas entre sí. Hay que intentar otorgar tiempos similares para que se expresen y evitar que sientan que yo como terapeuta tengo algún tipo de alianza especial con alguna de las partes. Es algo en lo que hay que poner especial cuidado, para cuidar el vínculo con ambas partes y que se sientan validadas y contenidas».
Los primeros pasos
¿Cómo se forman los terapeutas de parejas? Marisol Sagredo, sicóloga clínica con experiencia en formación de terapeutas, subraya que el primer paso es el pregrado en Psicología: «Ese piso te entrega una comprensión profunda del desarrollo humano, de la salud mental y de los límites éticos con los que hay que trabajar».
Luego, sugiere avanzar hacia un magíster clínico y una especialización concreta en parejas y sexualidad. «Trabajar con vínculos implica conocer no solo lo que ocurre entre dos personas, sino lo que cada una arrastra desde su historia individual. Y para eso se necesita más que intuición o carisma», subraya.
Pero no basta con estudiar: hay que encontrar un enfoque que haga sentido. Eric Beltrán Rubilar, magíster en terapia familiar y docente en la U. de la Frontera, explica que no existe una única forma de abordar las crisis relacionales: «Hay quienes se sienten más cómodos desde lo narrativo, otros desde el modelo emocional o el sistémico. La elección muchas veces no es racional, sino vivencial. Uno se forma, prueba, supervisa y con el tiempo va afinando una manera propia de trabajar». Aun así, destaca que el modelo no es lo más decisivo: «Lo que más influye en los resultados es la relación que logres construir con la pareja que tienes al frente».
En la práctica clínica, quienes se dedican a este campo se enfrentan a una tarea compleja: sostener dos subjetividades en conflicto, sin tomar partido ni perder la claridad del encuadre. «La terapia de pareja no es mediar ni dictar quién tiene la razón. Es un espacio donde ambos puedan sentirse escuchados sin ser juzgados», plantea Sagredo.
Desgaste emocional
A la labor del terapeuta se suma una complejidad que pocos anticipan: su propio desgaste emocional. Por eso, la sicóloga clínica Marisol Sagredo recalca la importancia de la supervisión constante y de cuidar el propio bienestar mental: «Uno no puede acompañar a otros si no sabe también sostenerse a sí mismo».?Eric Beltrán, de la UFRO, también advierte que en el trabajo con parejas el tiempo no se mide solo en minutos de sesión, sino en la capacidad de sostener emocionalmente lo que ocurre en ese espacio.?»Una sesión puede terminar sin gritos ni portazos, pero el nivel de tensión, de cosas no dichas o apenas insinuadas, puede dejarte extenuado. Por eso, más allá de lo técnico, hay que tener un trabajo personal profundo; si no, uno corre el riesgo de contaminar la terapia con sus propias historias o prejuicios». La autenticidad del terapeuta, su presencia y su capacidad de no reactivarse emocionalmente son muchas veces, señala, más importantes que cualquier manual teórico.