La reciente nueva aparición de la Orquesta Sinfónica Nacional en el Teatro Municipal de Las Condes llegó dirigida por Emmanuel Siffert, suizo radicado en Chile, cuyo sello ya muy reconocido es portar siempre novedades bajo la manga (batuta), al presentar obras olvidadas o definitivamente desconocidas. Permítasenos calificar a Siffert como un director-explorador de primera línea.
Lo ofrecido en el programa que se comenta lo confirmó una vez más en ese afán de impactar con conquistas, pues trajo en su primera parte la Sinfonía N° 3 de la compositora francesa Louise Farrenc (1804 – 1875).
Ciertamente se estuvo ante una obra ignorada de respetable calado, surgida en tiempos en que bullía la creatividad musical romántica europea, y es por eso que de su audición surgieron asomos de los grandes compositores germanos de ese tiempo. Si algo se descubrió de algunos de ellos, más allá de aceptar una lógica influencia o semejanza, se valora la decidida independencia del vuelo de esta compositora, su notable manejo en el tratamiento de la forma sinfónica y su trabajo de orquestadora. El maestro Siffert logró entregar una versión de extrema limpieza, clara fluidez y muy energizada.
Dejada la fase de exploración, la segunda parte giró diametralmente hacia repertorios ultra conocidos y taquilleros, ésos que algunas orquestas y directores suelen esquivar para no recibir críticas de simplistas o vulgares.
Así, el ‘Capricho italiano' de Tchaikovsky y el ‘Capricho español' de Rimsky-Korsakov se instalaron en toda su gloria y majestad, imponiendo su sobrecarga de brillo, colorido y espectacularidad sonora. Con toda seguridad, fue ésta la primera vez en muchísimo tiempo que ambas piezas llegaban hermanadas en un mismo programa sinfónico. Un impactante acierto.
Estos caprichos derrochan una infinita oferta de temas, cada cual más atractivo que el otro, a los que Siffert fue sacando un magnífico partido expositivo, casi como si fuera abriendo cajas de sorpresas. Llamó la atención que para el primero marcó un comienzo de muy solemne lentitud que privilegió misteriosos silencios intermedios; para el inicio del segundo, en cambio, la velocidad tan acelerada impuesta por la batuta desató un grande y festivo jolgorio instrumental.
Explosivos aplausos finales dieron cuenta de que lo que se supone muy trillado es también lo más apreciado por las audiencias. Ejerció tanto un notable control sonoro como una amable fluidez, visitada constantemente por la energía.
Es imposible no tratar de buscar parecidos o rutas de influencia, percibiéndose claros asomos de un Beethoven en retirada y de otros románticos alemanes más dominantes en ese tiempo. Si algo se descubre sobre algunos de ellos, lo cierto es que más llama la atención la clara independencia del vuelo de esta compositora, su ejemplar manejo expositivo de la forma sinfónica y la orquestación.


