Obras clásicas digitalizadas a libre disposición
Una amplia variedad de temáticas dispone esta maciza colección de más de cinco mil libros, desde cuestionamientos a la medicina hasta ensayos religiosos.
La alucinante experiencia de escarbar en una biblioteca de varios siglos de antigüedad, pero sin la desventaja del polvo que escapa de los viejos tomos: tal es la oferta de la Biblioteca Digital implementada por la Real Academia Española, RAE, y que se puede consultar en el sitio web de esa institución dedicada al estudio y cuidado de nuestro idioma castellano (https://acortar.link/KLfJMH).
La colección que está ahora al alcance de los usuarios incluye nada menos que 4.800 obras, y crece continuamente. En términos materiales, ese patrimonio está distribuido en 5.520 volúmenes, más de un millón 500 mil páginas en total, que han sido minuciosamente escaneados.
De esa manera, el público puede apreciar cada detalle de las publicaciones -aparecidas originalmente entre mediados del siglo quince y el año 1900-, con sus tipografías y ortografías originales, encuadernadas en piel, pergamino o pasta, dependiendo del caso.
En este enorme muestrario se tocan los más amplios tópicos. Por ejemplo, el tema de la religión no podía faltar en una biblioteca de antiguos textos en lengua española. Entre todas las vidas de santos y análisis de doctrinas destaca, en esta colección, el volumen titulado «Oráculos de las doce sibilas, profetisas de Christo» (1621). El autor, el licenciado Balthasar Porreño, explica que el suyo es el primer tratado dedicado exclusivamente a esas «ilustres mugeres» (sic) que anticiparon hechos tan increíbles como la venida de un Dios-hombre que además sería hijo de una madre virgen.
Un título que hoy resulta engañoso es «Reflexiones sobre la verdadera arte de escribir» (1789), del abate Domingo María de Servidores. No se trata de un estudio sobre técnicas literarias, sino, más bien, de un completísimo y sesudo manual de caligrafía y técnicas de imprenta. El autor escribió esta obra porque notaba que, ya en sus tiempos, los caracteres que se empleaban en los documentos públicos eran tan «bárbaros y caprichosos» que en el futuro iba a ser necesario un estudio especial para descifrarlos.



