Tino, Tino, Tino

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Siempre he pensado que Palestino es uno de los que mejor responden a las preguntas sobre los equipos chicos en el fútbol. ¿Qué son? ¿En qué parte del corazón de sus hinchas se refugian? ¿Qué nos dejan a todos?

No recuerdo si ocurrió en el año 87 o el 88, pero fue una reunión triple en el Estadio Nacional. Con mis amigos solíamos ir los domingos a las funciones triples del cine Acapulco, en el paradero 22 de Santa Rosa, para ver una repetición de «Robocop», cualquier película de Stallone y alguna comedia gringa con escenas de sexo que nos dejaban pensando toda la semana en el próximo domingo. A veces, cuando tocaba algo de Bruce Lee, salíamos del cine tirando patadas al aire. Pero ese otro domingo fuimos al estadio, aunque el fútbol salía más caro, seguramente porque ya teníamos metido en la cabeza que ningún 3×1 podía ser malo.

Tengo pocos recuerdos de ese día, en todo caso. Supongo que mi equipo, que jugaba de fondo, ganó. Por alguna razón que algún día deberé enfrentar, de mis primeros años como hincha sólo tengo memoria de los partidos que perdimos. En el preliminar probablemente jugó Magallanes y en el semifondo sí me acuerdo que vimos a Palestino, quizás contra la U. En realidad, sólo puedo asegurar que fui a ver a mi equipo y que antes hubo un partido de Palestino.

Esto lo sé porque nos impresionó la barra de los baisanos. Desde el otro lado del Nacional calculamos que eran ocho tipos con un bombo cantando durante los 90 minutos, pero una sola voz sobresalía del grupo y se escuchaba en todo el estadio. Los demás tarareaban algo así como «Viva Palestino» o «Dale Palestino» y el gritón solitario los seguía de atrás con un estruendoso «Tino, Tino, Tino». No parecía un partido de fútbol, sino un concierto con extras vestidos de corto. En la semana siguiente el tema no fue el desnudo de tres segundos de una horrenda película de Hollywood, sino cómo podríamos llegar a gritar así por nuestro equipo cuando fuéramos grandes y tuviéramos plata para ir todos los domingos al fútbol.

Por mera coincidencia, yo fui al estadio la última vez que Palestino salió campeón del fútbol chileno, en noviembre del 78. No salí contento porque perdimos 3-1. Estaban Chamaco Valdés y el Chino Caszely en la cancha, pero nos dieron un baile, salí llorando y durante mucho tiempo pensé que no vería a otros hombres jugar al fútbol mejor que Figueroa, Fabbiani, Messen, Rojitas, Dubó y Lazbal.

Siempre he creído que Palestino es uno de los que mejor responden a las preguntas sobre los equipos chicos en el fútbol. ¿Qué son? ¿En qué parte del corazón de sus hinchas se refugian? ¿Qué nos dejan a todos? Su regreso a la Copa Libertadores de América, 36 años después de los campeones de 1978, es otra señal importante, ahora también como símbolo de un pueblo oprimido que comparte sus alegrías al otro lado del mundo. Pequeños grandes héroes como el Tiburón Ramos, el técnico Pablo Guede y Leonardo Valencia, junto a los demás, ya se preparan para contarnos su propia historia. A la espera de las nuevas hazañas, yo seguiré soñando despierto con encontrarme algún día en la calle con el gritón de la reunión triple. Lo imagino de unos setenta años, bigote blanco y calva resplandeciente mientras se acerca y dice «yo soy el que cantaba Tino, Tino, Tino ese domingo». Sería un gran momento de mi vida, sin duda.

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