Los trajes con mangas no podrán esconder del todo el brillo en los ojos de la funcionaria.
Cuando miles de chilenos se desnudaron frente al Museo de Bellas Artes para una foto, todos pensamos que algo había cambiado en este país. Algunos hablaron del destape, la liberalización de los chilenos. Otros simplemente observamos con cierto alivio que lo que era ya normal en la casa y en la cabeza de muchos, se tomaba por fin las calles y las portadas de los diarios.
Hay algunos a los que la normalidad los espanta. No son demasiados, pero siempre se las arreglan para mandar y creen que controlando la vida de los demás podrán controlar su propio terror a no ser como creen ser. Chile cumple 200 años en manos de muchos de esos pequeños tiranos de oficinas. De alguna forma era esperable que así fuera. Nuestra historia entera ha estado marcada por esta pelea entre los que creen saber cómo hay que vestir, vivir, pensar y leer, y los que les parece suficientemente díficil hacer todas esas cosas con dignidad para imponer nada.
La historia de Chile ha sido también la del miedo a ese abismo mestizo que nos habitó, del terror a un descontrol negroide al que se quiere aplacar con vírgenes e instructivos, por la razón o la fuerza. Por suerte o por desgracia, la vida sigue fluyendo y las faldas largas y los trajes con mangas no podrán esconder del todo el brillo en los ojos de la funcionaria. Aunque quizás el jefe está ya preparando un instructivo para dotar a sus colegas de una bonita burka que la proteja de todo mal.


