Cada plato es distinto a propósito, explica el autor de Manual verde, quien procura mantener el consumo a raya
Creció en un hogar en el que no se compraban cosas nuevas, todo era usado, así es como le ve el valor a tener cosas con trayectoria.
«Mis padres eran profesores, no era una casa en donde hubiese abundancia de dinero. Éramos cuatro hermanos, entonces siempre estábamos midiendo bastante los gastos», describe.
Antes de que se hablara de sustentabilidad, en la casa del autor de «Manual verde» no se compraban cosas nuevas, se estrujaba al máximo lo que ya había. Y cree que es una manera de vivir que cree se ha perdido hoy.
«La ropa, los electrodomésticos, los muebles, todo era de segunda mano. Existía la idea de que comprar nuevo era perder la plata. Esta relación con las cosas viejas y usadas se reforzaba además por el hecho de que vivíamos en la misma casa donde mis abuelos habían vivido por más de 50 años. Un especie de espacio arqueológico donde era posible encontrar chancho chino del tiempo de la Unidad Popular, lavadoras de los años 50, tapices que se mantenían intactos por décadas», señala.
En su libro, postula que se debería recuperar un poco del modo antiguo de vida, en el que las cosas duraban, se cuidaban y todo era menos desechable.
«Sigo tratando de alargar al máximo las vidas de las cosas que ya tenemos y (en mi familia) buscamos que las cosas que llegan a la casa no vengan directo de fábrica, sino que traigan trayectorias. Siempre estamos yendo al persa, a mercados, ventas de garage, remates», cuenta.
Es difícil resistirse a comprar cosas nuevas para la casa, sobre todo cuando hay tantas opciones hoy.
«Es una lucha constante, te están bombardeando todo el rato con información para que tengas cosas nuevas. Por ejemplo, el mercado instaló la idea de que uno debía tener productos en combinación. Si tengo un juego de loza de 12 platos y se rompen tres, ¿qué hago con los otros? Como familia, decidimos que se acaban los juegos, cada plato es distinto a propósito. Eso nos permitir que si el día mañana se rompe un plato, vamos a perder solo uno».
¿Hace cuánto no compra algo nuevo para la casa?
«Hace poco mi hijo mayor llegó con sus zapatillas de fútbol con estoperoles, y estaban abiertas, con la típica abertura en la parte delantera, completamente rotas. Me dijo: papá, necesito zapatillas nuevas . Y yo le respondí: ¿Por qué? . Pensé que esto se podía arreglar. Me acordé cómo se arreglaban las zapatillas en mi casa cuando se rompían. Fui a buscar el Agorex o el neoprén con un palito de helado, le apliqué a ambos lados, y con unos palitos de fósforo mantuve abierta la zapatilla para que se secara. Después de 15 o 20 minutos, las junté y las dejé aplastadas bajo la pata de la cama toda la noche. A la mañana siguiente, estaba impecable, como nueva. ¿Cuánto más le enseño si le demuestro que algo que parecía no tener solución puede seguir usándose?».
Y en su casa, en vez de usar mucha calefacción, prefiere decirles a sus hijos que se abriguen.
«Es una batalla porque mis hijos intentan siempre prender estufas en todo minuto. Yo trato de usarlas en los periodos de mayor frío. No tenemos por qué andar en polera durante los meses de invierno, en estos meses hay que abrigarse. Hoy los sistemas de climatización de los hogares a veces son a tal nivel que permiten incluso mantener temperaturas como si estuviésemos en verano pero en pleno invierno y eso permite que la gente pueda andar cómodamente entre comillas en polera dentro de su casa. No hace ningún sentido porque estamos gastando recursos por las puras».
En su libro recomienda limpiar con una polera vieja en vez de algún trapero comprado.
«Es que me impresiona cuando uno va al supermercado y se encuentra con el pasillo dedicado a los traperos, paños, esponjas, todo tipo de fibras y generalmente plásticos con un costo de producción tremendo en términos medioambientales. En cambio la ropa llega un punto en que ya probablemente no se puede reparar; el calcetín con hoyos se puede usar para lustrar zapatos, la polera me puede servir como paño en la cocina o limpiar algún mesón y la toalla puede convertirse en un trapero perfecto».
La de la toalla la uso hace tiempo.
«Todas estas prácticas que pueden parecer incluso medio extrañas han estado con nosotros por mucho tiempo. No hay que inventar la pólvora, no hay que necesariamente pensar en no consumir plástico, que no tenga esa huella en su producción, a veces tenemos que volver atrás y ver qué prácticas y costumbres que podríamos recuperar. Un ejemplo súper bonito es el del pan, una cantidad impresionante se va a la basura. Antes este se transformaba en el postre típico, el colegial, o en pan rallado para algún budín».
Usted habla de que lo sustentable o verde hoy también es para las empresas maneras de generar más ingresos.
«Si todo el mundo siguiera los consejos que propongo en mi libro, probablemente tendríamos una crisis económica: yo apunto a reducir el consumo. Y eso es en parte el gran problema que tenemos, es que el modelo económico busca constantemente el crecimiento y la única forma de hacer eso no es siendo más sustentable, sino que produciendo más. Claro, lo sustentable de repente, de un momento a otro, en la medida que se instala como una problemática social y es validada, se vuelve algo que las empresas tienen que incorporar para poder ganar también más dinero».


