Cómo decir lo que me provoca Pablo Schilling sin descomponerlo a usted si por esas cosas de la vida lee estas líneas mientras degusta un bocado. Intentémoslo. El modelo gatilla mis movimientos peristálticos más descontrolados. Escucharlo hablar y sentir un violento sacudón interior de la familia de las arcadas es una sola cosa.
Me hubiera extrañado la nada misma si ayer en «Primer Plano» a Kel le hubiese regalado flores y un oso de peluche tal como hizo en el mismo estelar con Angie Alvarado. De hecho a su «actual-polola-definitiva» (tres en un año y todavía falta un mes y medio para que termine el 2010) la defiende a brazo partido, tal como lo hizo en su momento con la hija de Anita. El patrón se repite tan idéntico (la comparación con la película «El día de la marmota» queda corta) que no se descarta que la cambie por una chiquilla de apellido más aguardentoso que Calderón dentro de poco.
C on lo que no contaba era con esta permanente evasión de la prensa de la parejita (Pablo y Kel). Mucho ceño fruncido, mucha caminata rápida en silencio, mucho «para», mucho «con mi polola no». No se entiende esta intransigente incomodidad frente a un asedio que en el fondo les encanta, entre otras cosas porque es lo que más dividendos les da por estos días. Se venden como «la pareja del año». Yo los compro como «la pareja de urgidos del año». Y regateando una media horita por lo bajo. Si no, no.
L a clave es todo lo contrario de lo que están haciendo: mostrarse despreocupadamente acaramelados y luego regalarles a los noteros un «estamos bien, chicos. Gracias por su preocupación». Ahí muere el acoso. Y nace la buena onda con la gente. El ejemplo más claro de esto es Diana Bolocco y Cristián Sánchez, que no sólo los superan en trayectoria sino también en don de gentes. Por si no lo han notado, par de divillos, al no pescar a los noteros se pasan por buena parte a los televidentes que inexplicablemente esperan escuchar sus sobrevaluadas impresiones.
Estos tortolitos, bien pajaronamente, están construyendo laboriosamente una pifia monumental para el momento en que animen juntos algún festival. Ya Kel se ganó la tirria de sus propios compañeros de canal al no detenerse para atender a una notera de «Alfombra roja». Gentileza. Gentil. Ser gente. No cuesta mucho.
¿La gran ganadora de este desastre? Angie Alvarado. Una vez que se terminó de enjugar la última lágrima y empezó a mostrar que tan filuda es su lengua y a capitalizar la solidaridad del pueblo televisivo, se volvió a «sentir linda», como dice una amiga, y de inimputable villana pasó a ser una princesita. Hasta su resucitada se mandó en Halloween. El terror corre por cuenta de otros.


