¡Eh, jefe!
Una pena: el mejor equipo del torneo, afectado por un entendible cansancio y una gran cuota de confusión. Y una alegría: la gran sorpresa de un equipo al que se creía muerto y que, en realidad, no resucitó porque estaba más vivo que nunca.
«Qué bueno que nos den por muertos», decía el zaguero azul José Rojas, una y otra vez antes del partido. Y lo decía fuerte, para que todos lo oyeran y le creyeran la martingala, porque tanto él como sus compañeros nunca se excluyeron de la real posibilidad de ganar el campeonato.Todos en la U creían a pies juntos que la chance del equipo estaba ahí, intacta y cerquita de la mano. Todo era cuestión de jugar bien al fútbol, aplicarse sin vacilar, no enloquecerse con el paso del tiempo y entender que un partido dura 90 minutos y que en ese plazo puede pasar cualquier cosa. Es más, la experiencia indica que, en una definición, sobre todo en materia de fútbol, los números y los rumores no sirven de nada. Lo que se jugó muy bien ayer (U. Católica 2-0) hoy podría caer en una ventolera fatal (la U 4-1). Tres históricos del chuncho, César Vaccia, Vladimir Bigorra y Jorge Socías, con absoluta seguridad afirmaron que el encuentro estaba para los de Sampaoli. ¡Cuánta razón tenían!
Otros eruditos en la materia, a quienes consulté poco antes de iniciarse el encuentro, votaron por un pleito trabado, especulativo por parte de Católica; y una presentación desesperada y cercana al desorden por parte de la Chile. Dieron, por campaña, ganador a la UC. Y fallaron todos los augurios, porque el encuentro sorprendió con un gran nivel, movido a una grata velocidad, abierto y derecho al arco. Poco les dedicaron cruzados y azules al estudio y al finteo. No más de diez minutos estuvieron mirándose a los ojos. Y de ahí para adelante a morir.
A los 15 minutos comenzaron los goles y las tarjetas castigadoras. Ahí parecía que Universidad de Chile, con todo el tiempo que tenía por delante, les iba a dar la razón a sus parciales. Pero Lucas Pratto, con una volea increíble, trajo la esperanza para algunos y el miedo para otros. Luego, cuando la U se puso en ventaja tras el autogol de Eluchans, nos cambiaron a la UC que conocíamos.
Un equipo que mostró tan buen fútbol durante el año, ganó con claridad a los mejores, fue puntero todo el tiempo, conquistó los mejores elogios de la hinchada, y apareció en la final con un panorama soñado, se diluyó en una inexplicable presentación. Faltando casi 30 minutos para el final de la brega, Católica ya jugaba con 9 hombres y perdía por 4-1. Una pena: el mejor equipo del torneo, afectado por un entendible cansancio y una gran cuota de confusión. Y una alegría: la gran sorpresa de un equipo al que se creía muerto y que, en realidad, no resucitó porque estaba más vivo que nunca.


