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Título/Pie de foto: Roberto Merino
Roberto Merino
En la época del colegio escuchábamos esa extraña afirmación: último día nadie se enoja, generalmente acompañada de un golpetazo o de una patada o de una zancadilla. Me parece que a ese último día en cuestión -en cuyo fondo ya se vislumbraba la luz de las vacaciones- los niños le asignaban, de un modo inconsciente, categoría de carnaval. Como estábamos en Chile, se entenderá que en este caso el carnaval no consistía en el libre flujo de la alegría colectiva, sino más bien en hacerle pequeños daños al otro asegurando la impunidad. Esto daba risa y, al fin y al cabo, provocaba alegría, de modo que el objetivo se cumplía igual.
Tengo, al escribir ahora, sensación de último día. Recambios entre enero y febrero: gente que se va, gente que llega, rendición de cuentas, preparativos de viajes.
Estos días de transición nos acicatean la idea de no estar en ninguna parte. Se nos confunden además con los de años anteriores. Yo envidio la tesitura existencial en que pasan el tiempo los niños, distinguiendo los meses y los años como fases sucesivas de un camino por el que se avanza nítidamente. Un niño con oreja sensible, incluso, se da cuenta de que los martillazos del martes -provenientes, por decir algo, de un taller mecánico de las inmediaciones- son distintos a los del viernes. Para uno no es así. De hecho a veces, por décimas de segundo, no podemos recordar el año en que nos encontramos. Todos parecen tan similares que dan la impresión de proceder de un libreto.
En fin, sólo trato de redactar un texto de despedida para un mes que se fue excesivamente rápido, en el lapso en que uno se despercude y dice ¿ah?, por ese chiflón se cuela el tiempo. Y uno dice ¿qué? y le responden: no importa, ya pasó. ¿Que fue lo que pasó?: enero, lo que sea, la vida entera, la tuya y la de otros. Y nos levantamos en el calor de la noche con estas desequilibrantes certidumbres, con las voces ululantes en la cabeza, a buscar agua al refrigerador, y quizás un pack de gel congelado para ponerse en la nuca y recuperar -mediante la regulación térmica- algo del sueño tan negado.
Son buenas en verano las incursiones medio sonámbulas por los recovecos de la propia casa. Como uno anda en estas circunstancias con el entendimiento medio tardío, no le cuesta nada generar la impresión de que es el habitante de una franja irreal o extraterrena: por la ventana entran luces cambiantes de letreros que proyectan sombras azules y rojas en los muros, y el viento de la calle balancea las cortinas, en las que además los focos proyectan las enmarañadas siluetas de los árboles. Se escucha muy lejos la progresión de una sirena, en un edificio cercano dejan caer una plancha de metal, abajo para un taxi y se alcanza a escuchar que trae puesta música bailable de los años setenta, como si quisiera remitirnos a fiestas que más nos valdría olvidar. Del taxi se baja una mujer que parece una exhalación: un vestido blanco, el paso rápido. Nos asomamos un poco más para apreciar algún detalle pero ya no está: entró a nuestro propio edificio. Nos quedamos en silencio a ver si adivinamos, por el ruido del ascensor, a qué piso se dirige.


