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No le quedaban muchas balas a Sebastián Dávalos Bachelet para seguir resistiendo fuego amigo y enemigo.
Se terminó una semana jodida para el gobierno y complicada para la Nueva Mayoria. No le quedaban muchas balas a Sebastián Dávalos Bachelet para seguir resistiendo fuego amigo y enemigo.
A medida que fue escalando la necesidad de explicaciones fue creciendo la necesidad de responsabilidades políticas. Hasta que renunció -a regañadientes- el causante de tanta incomodidad oficialista. Dentro de lo deslucido que fue todo, era la salida más razonable. Aun sin delito, la política cobra sus deudas con estándares más exigente. El pecado fue no haberlo entendido antes.
«Muerto el perro se acaba la rabia», decía Azkargorta. En efecto, la indignación ciudadana bajará algunos tonos con el perdón del primer damo. Pero sigue ahí. Hasta que el asunto del tráfico de influencia quede aclarado. Pero nada reparará la percepción que en el entorno de la Presidenta hay una nota disonante con su discurso de igualdad y su propia imagen de sencillez. Su rol en este incendio permanece en el misterio. Los analistas se rinden a Peñailillo, pero de ella no se oye padre.
La Moneda recupera el habla y comienza el trabajo de recuperación de memoria corta: antes de Dávalos y Lorenzini estaba el asunto del aborto -donde el proyecto bacheletista cuenta con un abrumador apoyo ciudadano. Y antes de eso, un gran cierre de año legislativo. El caso Caval les arrebató la agenda sin misericordia.
A la derecha se le acaba la fiesta, en todo caso. Todo lo que venga es menos intenso que el asedio reciente. Resucita el caso Penta, por de pronto. Se les pedirá a ellos que también hagan un gesto, que sacrifiquen a uno de los suyos en los altares de la transparencia. Mientras más aprieten, más serán apretados. Quizás es mejor para todos irse de vacaciones y dejar el ambiente reposar. Ha sido un verano poco estimulante para los amantes de la buena política.


