No sé qué pasa que en estos días en los canales del cable han estado mostrando monos: la infernal vida de los monos en todas sus posibilidades. Chimpancés, orangutanes, papiones sagrados, macacos, lo que sea.
Regularmente la vida se nos presenta como un flujo continuo de cambios. Cada momento es indefectiblemente distinto del anterior y del que lo sucederá. A veces, cuando estamos en la mesa de un café concurrido, haciendo hora, levemente distraídos en medio del vocinglerío, llegamos a tener conciencia de los segundos que se van yendo uno tras otro, rumbo a los inciertos depósitos de la eternidad.
Esta certidumbre del cambio permanente es lo que hace tan sorprendentes las repeticiones, las coincidencias, los déjÀ vu . Si nos fijamos en un desconocido en el metro confiamos en que una vez que se baje del vagón no lo veremos nunca más. Sería muy perturbador encontrar a esa persona el mismo día en una nueva circunstancia -en el cementerio, por ejemplo- y que en la noche volvamos a verlo entrevistado en la televisión. La insistencia de sus apariciones parecería configurar una especie de mensaje oculto, algo que no entendemos.
No sé qué pasa que en estos días en los canales del cable han estado mostrando monos: la infernal vida de los monos en todas sus posibilidades. Chimpancés, orangutanes, papiones sagrados, macacos, lo que sea: al empezar a hacer zapping uno tiene la seguridad de que de un momento a otro se va a encontrar con alguna familia de primates de cualquier parte del mundo, con sus problemas territoriales, su sexualidad violenta, sus mutuos despiojamientos, sus miradas tristemente humanas.
Hay algo raro en esto, un elemento ominoso, una obsesión ajena que se nos transfiere, una confabulación. ¿Por qué tanto mono? Los simios por sí mismos son como un espejo para nosotros. «Burlas de la raza humana» los llamó en mil ochocientos sesenta y tanto un periodista de un diario de La Serena, a propósito de un monicaco de circo que le había mordido el dedo a una niñita. Cuando miramos demasiado rato a estos parientes rudimentarios -al igual que al contemplar las estrellas- nos surge la invariable pregunta: quiénes somos y para qué cresta vivimos.
Por el momento, por cierto, no tenemos respuesta. Sólo nos queda merodear una vez más en las cercanías del televisor apagado. Allá dentro están -lo sabemos- con sus chillidos, sus fantocherías, sus espaldas curvas y el remedo de la risa en sus hocicos infectos. Y en el momento siguiente ya estamos instalados en la cama accionando el control remoto hasta encontrarlos: patotas de chimpancés asesinando gibones en una sangrienta pelotera entre los árboles; babuinos aullando teatralmente ante la presencia de leopardos; gorilas golpeándose el pecho como un tambor de guerra, cuyo sonido amenazante cubre un radio de dos kilómetros.
Hay mujeres, me han dicho, que exigen de los hombres el comportamiento espantoso de un macho alfa: protección, subyugación, ostentación. Pero también -ésta es la paradoja- quieren que al otro día el macho alfa se comporte como mono tití: que les alegre la vida con morisquetas, pucheros y servicios.


