Imitan a los famosos castells de Barcelona: Nunca me dio miedo, asegura alumna que coronó la construcción
Más de 50 alumnos de distintas carreras de la Uniacc tomaron la asignatura que duraba un semestre.
Respirar, subir, equilibrarse sobre los hombros del compañero y tomar posición. Paso a paso, las torres humanas que arman los alumnos de la Uniacc pueden llegar a medir hasta cinco metros de alto. Es toda una proeza que les confiere con propiedad a los jóvenes la denominación de casteller, como se conoce a las personas que practican castells, las construcciones humanas típicas de Cataluña, declaradas patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la Unesco.
Todo este esfuerzo se concentra en la asignatura «Castellers: Torres Humanas, Rito y Cultura», que desde este año forma parte de la malla académica de formación general en el plantel, como ramo electivo. Durante un semestre, 57 alumnos de distintas carreras -como Periodismo, Sicología, Comunicación Audiovisual, Danza, Música o Teatro- se dedicaron a aprender los secretos de los castillos humanos, que se realizan bajo el lema «fuerza, equilibrio, valor y cordura».
Primero pasaron por clases teóricas; luego, equipados con fajas y cascos, enfilaron a la práctica. «Un castell se compone de distintos cuerpos dentro de la misma construcción. Hay una base muy poderosa abajo, la piña, que finalmente es la que sostiene y aguanta toda la estructura que crece y que sube», explica Ignacio Riffo-Pavón, académico que dictó el curso.
«Es un trabajo en equipo efectivo. Lo llamo así porque si los de abajo se mueven, los de arriba se caen. Eran alumnos que no se conocían entre sí y de pronto empiezan a confiar y a generar nexos», destaca.
La gracia es que cada uno cumple una tarea. «En la base están los más fuertes, las personas más altas, porque te tienen que ir a tomar, ojalá lo más arriba posible. Luego, los que van en el tronco quizás son los más livianos, más bajos, los que tienen más motricidad y conocimiento de su cuerpo», detalla el profesor, quien conoció las torres humanas cuando estudiaba en Barcelona en 2014.
«Hay roles y responsabilidades que te llevan a hacer una gran construcción, porque finalmente cada uno sabe el trabajo que tiene que hacer. No quiero forzar a alguien de un metro noventa a que suba a un segundo piso, porque se le va a hacer extremadamente difícil y no va a poder. Lo que me interesa es que ese metro noventa brille en su posición», sostiene.
Los universitarios fueron invitados por la agrupación Casteller de Lo Prado y se presentaron en la Plaza de Armas de Rancagua, durante el Mundial Sub 20.
¿Por qué llevan fajas?
«Esto cuando nace en Cataluña, a finales del 1700, surge en una zona rural. Los campesinos utilizaban estas fajas para cargar peso, para trabajar en el campo. Son fajas bastante largas, que te protegen toda la zona lumbar; sirven de peldaño para los que van escalando y, en tercer lugar, comprimen el tren superior».
¿No tuvieron ningún accidente durante el semestre?
«Afortunadamente no. Una de las cosas que dije al momento de comenzar la asignatura es que era probable que cayéramos, pero no pasaba nada. Existe toda una red de seguridad que te da la piña abajo: en caso de caer las personas quedan sobre la piña, no tocan tierra, y cuando existe ese choque cuerpo con cuerpo se absorbe ente 80% y 90% del impacto».
En la cima
María Victoria Salazar, alumna de Diseño de Imagen, tomó el ramo sin saber de qué se trataba. «Llegué a una sala alta, sin mesas, sin nada. Dije esto es extraño», recuerda.
De a poco fue empapándose de los conocimientos y le tomó gustito a las torres. «Yo era la enxaneta, la que coronaba el castillo», aclara. Por eso, ella tenía que ascender por la pirámide y realizar el gesto de Fer l aleta, o levantar la mano, para certificar que la construcción estaba completa. «Llegué a eso de no saber nada; lo encontré genial, estoy orgullosa de mí», comenta.
«Subirse encima de alguien cuesta, pero cuando dominas eso estás al otro lado. Tienes que trabajarlo constantemente», agrega. «Nunca me dio miedo, los chicos de la piña, si no se podía, no me hacían subir, tenía que estar muy segura de ellos para llegar arriba. Había mucha comunicación».
«Lo más enriquecedor de la rutina es que aprendes a conocer tus límites, hasta dónde puedes llegar. Es de mucha superación personal, eso es lo mejor que me llevo de la asignatura», valora la alumna.


