Voy y vuelvo

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Cuando uno se hace viejo puede mandar a la cresta incluso sus propias mañas, que no son tan respetables como parecen.

A fuerza de sedentarismo, he llegado a pensar que los viajes son una categoría puramente mental, una forma de pasar el rato a través de Travel&Living, una manera de perderse en paisajes de la imaginación o de la memoria antes de quedarse dormido.

La neurosis, la salud y las obligaciones me han impedido salir de Santiago durante años, lo que no me ha resultado incómodo, pero a veces me pillo a mí mismo manipulando las vistas aéreas de Google Earth, dejando consumirse mi tiempo presente en esos espacios fotografiados, planos abstractos desde lo alto, que al aplicar el zoom comienzan a transformarse en carreteras, sembradíos, formaciones rocosas, techumbres, arboledas. Cuántas ciudades a las que ya no iré he indagado mediante este recurso: Trípoli, Dublín, Kingston.

Nunca se sabe bien lo que hay allá abajo. A veces, en esas lejanías, se descubre una piscina en el techo de un edificio y uno piensa que dentro de un rato podría organizarse una fiesta a su alrededor, con muchas risotadas, tiempo libre, mesitas con licores, en fin, la deseable irresponsabilidad de la vida juvenil.

Ni siquiera Santiago es del todo reconocible desde esta perspectiva. Uno sigue la línea de una avenida y de repente ya no sabe si está en Providencia o en Barnechea, quiere volver y aparecen las primeras explanadas del campo o los siniestros cordones cordilleranos.

Parece que mi familia ha producido dos tipos de individuos: los aventureros -personas dispuestas a volver caminando de la cordillera sin más equipo que un paquete de charqui, un poncho y un matagatos- y los fóbicos al exceso de movilidad. Lamentablemente yo caí en el segundo grupo. De niño -tal como muchos de mis parientes- me enfermaba en la víspera de un viaje, terminaba vomitando ante la perspectiva del vacío que se me ponía por delante. Cuando joven me obligué a desatender estos miriñaques, porque la idea del sur y del frío era demasiado seductora. Ah, cuántas imágenes se baten todavía en mi mente, el mar furioso del lado occidental de la isla Tenglo, bosques calcinados de Aysén, selvas vírgenes no sé dónde, con enormes árboles caídos con la forma intacta pero con la consistencia del aserrín. En la isla de Puyuhapi, Chiloé, con mis amigos Violeta y Sergio Campodónico encontramos, remontando un poco un estero oculto, una barcaza abandonada, cubierta de líquenes o lo que fuera. En las largas tardes de lluvia nos refugiábamos en la cabina con una botella de guindado y unos cigarros. No hacíamos más que estar, permanecer, escuchando el silbido de unos pájaros invisibles o riéndonos de la gente que conocíamos. Y después de eso casi nunca más: sólo el asfalto candente de Santiago en el verano.

En fin, cuando esta crónica se publique estaré en el lago Ranco, que conozco sólo por fotografías del álbum familiar. Cuando uno se hace viejo puede mandar a la cresta incluso sus propias mañas, que no son tan respetables como parecen. Una súbita alza de la energía me ha impelido a dar ese paso tan esquivo: partir de noche como un fugitivo relativamente feliz, discretamente alado.

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