¡ Electrizante «Elektra» !

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El terremoto de febrero ha tenido también fuertes réplicas artísticas. No sólo hizo que la Temporada de Ópera 2010 del Teatro Municipal, actualmente en reparaciones post-sismo, esté dando sus primeros pasos en el Teatro de Carabineros, sino también que para «Elektra» se haya dispuesto un montaje muy inusual.

Esta obra, que en lo vocal y escénico pudiera considerarse camerística, es demandante de una orquesta gigantesca, originando ello un quebradero de cabeza para poder ubicarla con comodidad. Si bien el teatro reemplazante posee un respetable foso orquestal que ya ha rendido la prueba en funciones de ópera y ballet, con la llegada de «Elektra» acusó estrecheces que había que solucionar. Y así fue como el gran contingente instrumental tuvo que subir al fondo del escenario, bajo una gran máscara de Agamenón, dejando como único marco para la acción una plataforma anterior que cubre ese foso a modo de proscenio y que en ambos costados deviene en pequeños muros.

La solución, que a priori pudo ser juzgada de insuficiente para potenciar la carga dramática que debe empapar la ópera, pasa a ser un inesperado y espectacular acierto. En «Elektra» el papel que juega la orquesta está a la par e incluso por encima que el de los cantantes, y con la señalada disposición se ve elevada al justo protagonismo, dirigida por Rani Calderón con un resultado más que magnífico, verdaderamente electrizante en lo que es la proyección de fuerza y ricas sonoridades. Una experiencia imperdible.

En el quinteto de solistas vocales prima una altísima y pareja excelencia, con la única excepción del barítono Harry Peeters (Orestes), cuyo canto muestra debilidades de poco temple. Jeanne-Michele Charbonnet (Elektra) enfrenta con seguridad, potencia vocal y gran vigor un rol extenuante que le calza a la perfección. Susanne Resmark (Clitemnestra) se luce como una artista tremenda, al imponerse en estatura, voz, carácter y una expresividad teatral arrolladora. Ann-Marie Blacklund (Crisóstemis) delinea los justos rasgos de mayor sosiego, envueltos en un timbre lírico de generoso volumen. Por su parte, Donald Kaasch (Egisto) sirve a la perfección, en canto y actuación, la vana faceta caricaturesca de un personaje detestable.

Junto a este quinteto desfila exitosamente docena y media de cantantes nacionales en roles menores. Todos ellos se toman por asalto el limitado espacio disponible, entre la orquesta y el público, para brindar una interpretación muy distinta y a la vez memorable de esta ópera straussiana. En el montaje el trabajo de Michael Hampe (regie), Germán Droghetti (escenografía y vestuario) y Ramón López (iluminación) ha sido de una conjunción ejemplar. Su capacidad de fusionar la simpleza de recursos con la administración expresiva es merecedora de todo elogio, pues el resultado logra un continuo electrizante.
¡Esta «Elektra» surgida en la emergencia es un triunfal acontecimiento!

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