18 años: la edad ideal para convertirse en crack

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Los formadores deberían tomar nota. A un superdotado no se le protege alejándolo de la exigencia. Se le ofrece un escenario acorde a su talento.

Hay futbolistas que llegan temprano. Otros llegan tarde. Ayyoub Bouaddi parece haber llegado a tiempo. La frase más repetida del fútbol actual dice que a los jóvenes hay que llevarlos con calma. Se pronuncia con tono paternal, como quien protege una porcelana valiosa. El problema es que el fútbol no se juega en una vitrina. Se juega en medio del ruido, de la velocidad y de los delanteros que intentan humillarte delante de ochenta mil personas.
Bouaddi tiene 18 años. Frente a Brasil tocó la pelota 86 veces, más que cualquier compañero. Completó 60 pases, ganó nueve de trece duelos terrestres, recuperó seis balones, completó tres regates y atravesó el partido sin que nadie lograra superarlo en el uno contra uno. Vinícius, Raphinha, Paquetá, Cunha: todos encontraron una frontera.
Era su debut en una Copa del Mundo.
A veces las estadísticas sirven para explicar una actuación. Esta vez sirven para explicar una época. El fútbol de hoy se juega a una velocidad que habría parecido ciencia ficción hace treinta años. Las transiciones duran segundos. Los espacios aparecen y desaparecen como puertas automáticas. Un jugador que piensa rápido tiene más ventajas que nunca. Por eso algunos talentos alcanzan la madurez antes de lo que dictaban los manuales.
Bouaddi pertenece a esa especie.
A los 15 años ganó un concurso nacional de oratoria en el Palacio del Elíseo. El tema que eligió parecía una pregunta para filósofos y entrenadores: «¿Es más importante el resultado que la forma?». Mientras otros adolescentes memorizaban respuestas para entrevistas, él aprendía a construir argumentos delante de un auditorio.
Después llegaron los récords. Debutó profesionalmente con Lille a los 16 años y tres días. Se convirtió en el jugador más joven en disputar un torneo de Europa. Obtuvo el bachillerato por adelantado. Estudió matemáticas. Francia lo educó futbolísticamente, pero Marruecos lo sedujo emocionalmente.
Contra Brasil apareció la síntesis de todas esas historias.
Durante años se habló de Marruecos como una revelación. El término empieza a quedarse pequeño. Semifinalista en Qatar 2022. Campeón del Mundial Sub 20 disputado en Chile en 2025. Dueño de una red global capaz de reunir futbolistas formados en Lille, París, Ámsterdam, Bruselas o Madrid bajo una misma bandera. El país entendió que la diáspora podía convertirse en proyecto deportivo.
Bouaddi es uno de los rostros más refinados de esa transformación.
Mientras Casemiro abandonaba la cancha en el descanso, el muchacho seguía administrando el partido. Había algo simbólico en esa imagen. El veterano que marcó una época observaba cómo un adolescente comenzaba la suya.
Quizás el verdadero error consista en llamar promesa a jugadores como Bouaddi. Una promesa pertenece al futuro.
 Bouaddi ya pertenece al presente.
Los formadores deberían tomar nota. A un superdotado no se le protege alejándolo de la exigencia. Se le ofrece un escenario acorde a su talento. Los grandes futbolistas aprenden a convivir con la dificultad porque la dificultad es precisamente el lugar donde nacen.

Brasil descubrió a Bouaddi en una noche de Mundial. Marruecos llevaba años preparándolo.

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