En los años 40 y 50 del siglo pasado, dicen, se hablaba en las casas mucho más que hoy, excepto a ciertas horas, cuando las señoras y los caballeros se estremecían oyendo radioteatros de amor o de pánico.
«Estamos gordos, viejos y feos», exclama de pronto un escritor chileno de la llamada «nueva narrativa», con una mueca inoperante. Sus amigos de juventud lo miramos con una copa en la mano y un poco de odio o sudor frío. ¿Será así? Tenemos, los de este rincón (incluido él), entre 48 y 54, y hace un buen rato que desde un sexto piso contemplamos, con injustificada serenidad, las aguas espesas del Mapocho bajo el crepúsculo.Nos hemos reunido para recordar a otro amigo, bastante mayor que nosotros, muerto hace seis meses en Madrid: Jorge Orellana Mora, autor de un libro de memorias que, dicen, es una excelente crónica de buena parte del siglo veinte. Son páginas animadas, entre otras cosas, por la famosa bohemia santiaguina de los años 40 y 50 del siglo pasado. Eran tiempos anteriores a la televisión, y en la imaginación de las masas, por así decirlo, reinaba entonces la radiotelefonía: muchos actores públicos eran, sobre todo, un timbre de voz y una manera de hablar. Dentro de las casas, dicen también, se hablaba mucho más que hoy, excepto a ciertas horas, cuando las señoras y los caballeros se estremecían oyendo radioteatros de amor o de pánico. Como ocurre en la novela La tía julia y el escribidor , de Vargas Llosa.
¿Gordos y feos, los nacidos entre 1955 y 1962? Cada cierto tiempo aparecen en la prensa índices, gráficos, pirámides que nos dicen, con un tono solapado de amenaza, que la población de tal o cual país está»envejeciendo», y que para, digamos, el año 2050 un tercio de los ciudadanos tendrá más de medio siglo. Ni siquiera la tensa y calórica isla de Cuba se salva de tales pronósticos, aunque allí-todavía, si no me equivoco- la gente es más bien delgada: para bien o para mal, andan mucho en bicicleta. Pero eso son las estadísticas. Acá sabemos que nuestro «país real» es el que nos entra por los ojos cuando leemos otras páginas en esos mismos diarios y miramos las imágenes: cuerpos violentamente jóvenes o que pretenden continuar siéndolo, trabajados en el gimnasio y equilibrados a punta de dietas especializadas, o reformulados por cirujanos plásticos que, de vez en cuando, enfrentan demandas porque las cosas no salieron bien.
Vargas Llosa, en su novela, evoca unos boleros de Lucho Gatica. Aquí, en la ceremonia de la amistad que nos reúne, acaban de cantar otros con música de Vicente Bianchi y letra de Orellana Mora. En La tía Julia , el novelista peruano narra con retorcido humor negro unos episodios delirantes, historias de radioteatro donde el héroe es siempre un tipo «en la flor de la edad, la cincuentena». En el balcón del sexto piso, esta tarde de verano del 2009, nos miramos unos a otros, como pensando que Madonna, por su edad, es de los nuestros. Alguien, para poner los pies en la tierra, recuerda una frase cualquiera de otra novela, escrita hace cien años: «Desde la ventana vi pasar a un anciano de cincuenta años». Una risa nerviosa recorre las gargantas. «Pero los tiempos han cambiado», dice una mujer de edad indefinida: «hoy, tener cincuenta años es como era tener treinta en esa época». Capaz.


