Calambrito Fútbol Club
En la Copa Libertadores los tiempos efectivos de juego son de 55 minutos hacia arriba, pero son 55 minutos a toda máquina.
El juegue-juegue o siga-siga, implementado formalmente desde la llegada de Roberto Tobar como jefe de los árbitros en Chile, se convirtió en una especie de salvavidas al fútbol chileno para mantenerlo a flote a pesar de todos sus bochornos recientes, en la cancha, las tribunas y los pasillos de la ANFP. Para ser justos, la idea venía en la maleta de Javier Castrilli cuando asumió ese puesto en septiembre de 2021 y quedó guardada en el congelador a causa de su despido seis meses después, que legalmente resultó injustificado.
Enrique Osses también lo intentó antes de Castrilli. Como sea, podemos hablar con justicia de la ley Tobar porque con él a cargo finalmente resultó: una filosofía emanada del arbitraje que persigue un mejor espectáculo del fútbol mediante la continuidad del juego y la recuperación de los minutos que se pierden descaradamente en interrupciones forzadas por exageraciones, simulaciones y diversas situaciones de antifútbol. ¿Se desmayó porque el rival lo miró feo? Nada, juegue-juegue. ¿El equipo local va ganando y los pasapelotas se fueron a un cumpleaños? No importa, ocho minutos de tiempo adicional. El fútbol se detiene lo menos posible y cuando se detenga vamos a recuperar cada minuto perdido.
Por fin algo que se hace en la dirección correcta, después de tantos retrocesos. El dato duro: la liga chilena quedó octava en el ranking mundial del Tiempo Efectivo de Juego elaborado por la plataforma de análisis estadístico Opta, con 55 minutos y 31 segundos promedio de tiempo jugado en los 240 partidos de la temporada 2023. Los incrédulos se quejan de que no hay tanto siga-siga y que las cifras se ven bien porque los partidos se volvieron extraordinariamente largos: más de dos horas desde la hora de partida hasta la de término. Pero están equivocados. La relación entre el tiempo en que la pelota está efectivamente en juego y el total jugado igual destaca el progreso de la primera división chilena y la hace competitiva frente a las mejores ligas del mundo. En este registro, que quede claro.
Roberto Tobar, sin embargo, no corre detrás de la pelota. En la liga chilena actualmente se juegan seis minutos más que en 2019. Un regalo para los hinchas que van al estadio a mirar el fútbol, pero el fútbol chileno aún es demasiado lento. El siga-siga es siga jugando a paso de tortuga, realidad que de entrada explica un montón de derrotas recientes.
La cantidad de jugadores acalambrados, muscularmente sobrecargados o derechamente contracturados en el duelo de Colo Colo contra Godoy Cruz por la Copa Libertadores es una luz roja que se encendió en el momento correcto. El equipo de Jorge Almirón ganó la llave por mérito y oficio, pero dio señales de fatiga y desfonde. Perdió a Arturo Vidal en el primer tiempo y luego, sucesivamente, a Cristián Zavala, Marcos Bolados y Carlos Palacios a causa de la exigencia física del partido. Maximiliano Falcón también anduvo quemando aceite al final, pero a esa altura no tenía reemplazo en el planteamiento del entrenador.
Ahora se entiende mejor por qué Jorge Almirón decidió enfrentar el compromiso previo contra OHiggins, el domingo por el torneo local, con una formación completamente alternativa. Cambió a los once titulares en Rancagua y perdió, pero ninguna solución intermedia le daba garantías de ganar los dos partidos. Almirón viene del fútbol argentino y de un equipo que el año pasado llegó a la final de la Libertadores aguantándoles con la única virtud de aguantarles el mano a mano a todos sus adversarios, así que ya tenía bien dimensionadas las capacidades de Godoy Cruz. En la Copa Libertadores los tiempos efectivos de juego son de 55 minutos hacia arriba, pero son 55 minutos a toda máquina.
Hay que fijarse especialmente en las actuaciones de Zavala y Bolados, entre los mejores de la elogiada clasificación de Colo Colo a la próxima ronda de la Copa. Salieron estirando gemelos e isquiotibiales casi al borde del colapso por el esfuerzo. Ambos cumplieron su misión con creces: hace tiempo que no se veía a delanteros chilenos consumirse de ese modo en tareas defensivas, en un permanente ida y vuelta que incluso los obligó a colaborar con sus laterales más que en generar acciones de peligro en campo contrario. Bien. Así hay que jugar al fútbol: la última vez que un equipo chileno llegó a jugar permanentemente con ese nivel de intensidad ganó dos veces la Copa América. Sin calambres, por supuesto. El único jugador de Godoy Cruz en el partido contra Colo Colo atendido por calambres fue el chileno Thomas Galdames.


