Los rostros de TV andan sensibles

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Los rostros de TV andan sensibles

El llanto de Neme en Mucho gusto nos recordó a todos que incluso los famosos son personas.

Este lunes, al comenzar «Mucho gusto», uno de sus conductores, José Antonio Neme, fue incapaz de articular palabra alguna, lo que al principio provocó las bromas de sus compañeros, con Karen Doggenweiler a la cabeza. Pensaban que se había trapicado. Luego, cuando él explicó que no pudo contener su emoción por acercarse el fin de un año estresante, las pullas se convirtieron en gestos de cariño y comprensión.

El episodio me recordó otro que tuvo como protagonista a Cristián Sánchez en otro matinal, el «Buenos días a todos» («Muy buenos días» se llamaba en esa época, a mediados del 2018). Blanqueó que se trató una depresión y en un rapto de honestidad brutal confesó al aire que a veces se cuestionaba si seguir trabajando en ese exigente horario, ya que el precio que debía pagar era dejar de compartir un valioso tiempo con su familia.

Fue un momento impactante, por lo atípico. El testimonio, al que se unieron esa mañana los de Karen Bejarano, Ignacio Gutiérrez y María Luisa Godoy, fue gatillado por el análisis que hacía el panel de ese programa del alejamiento de pantalla del periodista Andrés Caniulef, también afectado a la sazón por un cuadro depresivo. Más recientemente, está la valiente forma en que Jean-Philippe Cretton ha puesto en evidencia (en sus propias redes sociales) los momentos por los que pasó.

Y esto nos lleva a recordar el documental «Brava», de Claudia Conserva, una catártica forma de enfrentar su cáncer y de difundir lo duro que es, como una efectiva manera de promover la prevención de esa enfermedad.

También esta semana mi entrañable José Luis Reppening fue otro de los hombres ancla de nuestra TV que sintió cosas. Fue al verse en una grabación de un programa de los 90, que lo captó en una disco a los 16 años. Dijo que fue «vergüenza», pero lo cierto es que todos sentimos una indescifrable nostalgia, emparentada con un cierto orgullo, al recordar lo jóvenes que alguna vez fuimos.

Todo esto lleva a una conclusión que no por obvia deja de ser conmovedora: los rostros de televisión, los comunicadores top en general, también son personas y cada vez más se atreven a compartir con su teleaudiencia aquellos secretos y confidencias que los acercan y reconcilian con esa humanidad que antes se ocultaba, tontamente, por trabajar en la tele a color, como dice Ernesto Belloni.

Ya nadie tiene temor a desperfilarse, esa absurda manía que llevó a tantas figuras de la pantalla chica a llevar la procesión por dentro y la sonrisa Pep por fuera.

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