Reinaldo Fuenzalida lo sacó del agua, se lo echó al hombro y corrió
Como en las películas: 5 minutos después del rescate llegó el tsunami que destruyó todo el borde costero.
En Iloca, como es bien sabido a estas alturas, no hubo ninguna víctima fatal porque todos lograron llegar a los cerros, pero eso estuvo a un pelín de no ser así.
La madrugada del 27, Reinaldo Fuenzalida, don Reina como le llaman, bajó a la playa después de la primera ola, que no fue muy destructiva, por si lograba rescatar alguno de sus caballos o los sacos de papas que tenía cosechados, pero los carabineros lo obligaron a marcharse. Y en eso estaba cuando de pronto escuchó, nítido y escalofriante, un clamor de auxilio.
«¡Ayúdenme, por favor!», escuchó don Reina, y entonces vio una escena de lo más lastimera: un hombre de edad avanzada con las piernas mutiladas arrastrándose a duras penas por el suelo con los brazos y con el agua casi tapándolo completamente. Ese señor se llama Ernesto Véliz.
Don Reina supo después lo que había pasado. En la casa don Ernesto vivía con su señora, Rosa Véliz, también minusválida y que camina con muletas, una de sus hijas, y tres nietos.
El mismo don Ernesto fue el de la idea: «Llévate a tu mamá y a los niños, yo me las arreglo aquí», le dijo a su hija, pero don Ernesto nunca pensó que se saldría el mar. Por suerte por ahí pasaba don Reina.
«Lo que hice fue tomarlo, echármelo al hombro y salir corriendo. Por ahí me encontré con mi hijo que justo apareció con la camioneta. Subí a don Ernesto al auto y subimos por el camino», cuenta don Reina. «A los cinco minutos vino la ola que lo destruyó todo, pero por lo menos nos salvamos. A la mañana fui a dejar a don Ernesto a la casa. Allí estaba su señora y su hija. Fue un buen reencuentro».


