Mi madre y mi padrastro han vivido ahí por seis años
El horrible dilema al que se ve enfrentado el general Toro es por desgracia en Haití la cosa más banal del mundo. Con o sin terremoto, Puerto Príncipe desafía los límites de cualquier moral, paciencia o asombro humano. Todo tiene en ese infinito vendaval, desastre natural o no, más intensidad, más urgencia, más color, más verdad, demasiada verdad alucinada de esa que parece mentira. Todo lo que parece sólido allá vive destruyéndose todos los días y todo lo frágil y provisorio se asienta y hace eterno.
Maridos que tienen que dejar de buscar a su esposa para salvar la misión, misiones de rescates que tienen que rescatarse a sí mismas, hambre, locura, milagros por docena a cada instante. Haití pide sacrificios imposibles a los que la habitan y a los que la quieren, porque nació ella de un imposible, el de los esclavos que dieron el salto al vacío de ser libres de Francia. Esos mismo esclavos que han quedado flotando en ese vacío desde entonces, como si nadie, ni ellos mismos, les perdonaran esa audacia primera.
Mi madre y mi padrastro han vivido ahí por seis años. Representan a Chile, un país respetado y querido en una nación que no suele ni respetar ni querer a los extraños que vienen a darles lecciones. En estos años he tenido que poner a prueba hasta el infinito mi paciencia y mi capacidad de asombro. Guerras civiles, tifones, huracanes, cirugías estéticas. Muchas veces me ha salido del fondo mismo del agotamiento un quejido profundo que quiere decir «¡hasta cuándo no tiene arreglo ese país de mierda!».
Estando allá, viendo esas calles de Puerto Príncipe que son apenas acequias y esas piscinas impecable con sillas de playa de caoba, escuchando el humor, la gracia, la solemnidad de los haitianos, he sentido sin embargo que algo profundo, algo esencial, algo secretamente urgente, habita en esa tierra de nadie que es un poco la tierra de todos.


