Las cifras nos permiten una operación esencial: la de empezar el duelo, el olvido.
Las cifras del terremoto se han convertido en la peor tragicomedia de esta catástrofe que no termina nunca. ¿Cuántos muertos tenemos que lamentar? ¿Cuántos a ciencia cierta no están? ¿Cuántos sobrevivieron, cuántos se hacen los muertos, cuantos más descubriremos en caletas que nadie recuerda? ¿Saber que son 802, o 239, cambia el horror? ¿Tener las cifras nos permitirá vivir con más calma las letras de sus nombres, la historia de sus vidas, el drama de sus deudos? ¿Necesitamos contar, en el sentido matemático del término, para poder contar en el otro sentido del término?
Las cifras, como los cadáveres, nos permiten una operación esencial: la de empezar el duelo, el olvido. Tener un cadáver, visible, enterrable, cuantificable, es nuestra manera de empezar otra página. Lo supieron muchos chilenos por demasiados años, los desaparecidos no están ni muertos ni vivos, ni podemos llorarlo, ni dejarlos descansar en paz. Buscar a los que amamos es un instinto más fuerte que el tiempo.
El maremoto tiene esa crueldad terrible, escapa a todas nuestras leyes y usos de habitantes de la Tierra. Sin cadáveres y sin cifras seguras, no nos permite dejar a nuestros muertos dormir bajo nuestros pies, construir sobre sus restos, mezclaros con nuestra vida, saber dónde están, cuántos son, cuántos fueron. El maremoto no cuenta y no nos deja contarlos, mata y sin preguntar deja en el camino una estela de burocracia, contradicciones y confusiones.


