El gigantismo, la acromegalia, la desproporción, el exceso y la parafernalia se abalanzan otra vez sobre esta nación de pigmeos amantes de los papas desmesurados y la Virgen del cerro iluminada como cabaretera del Passapoga. El país del pastel de choclo para los records Guinness y los choripanes de doce kilómetros y otras bobadas inmensas y sin sentido se embelesa una vez más en estas demostraciones básicas, que lindan con la idolatría pagana propia de una nación caníbal. Es la adoración, propia de cafres, a seres mecánicos venidos de más allá del mar.
Se trata, en este caso, de un par de marionetas hidráulicas que se suman a los pasacalles y saltimbanquis y mimos y toda la nauseabunda pantomima «cultural» que vuelve más agobiante, si es eso posible, el asfixiante verano chileno con su sobrevalorado y majadero Teatro a Mil.
«Es más complejo hacer teatro en la calle que cine, porque todo sucede en vivo. No se puede volver atrás en una escena y, si algo salió mal, nada más se puede hacer», cavila, muy sabiamente, Jean-Luc Courcoult, el director de Royal de Luxe, que nos tiene de caseros con los paseos monstruosos de estas «divinidades» que hacen las delicias de un pueblo atrasado, al que todavía se le puede embolinar la perdiz con espejitos y cuentas de colores.
Estamos pegados en la etapa del tamaño. Y los tipos de Royal de Luxe lo saben mejor que nadie cuando chequean el tamaño de sus cuentas bancarias luego de su pasada por Santiago. Monsieur Courcoult (a quien, en un confuso incidente, vaya uno a saber realmente dónde y por qué, unos patos malos súper insensibles a sus artes le dejaron un ojo en tinta) nos explica que existen muchos contratiempos para el desarrollo de su espectáculo o procesión. «Puede ser un problema tan tonto como la circulación de tránsito», especifica el profundo director, agregando una reflexión como para anotar en nuestras libretas: «Las cosas malas no son interesantes».
Pero para las autoridades culturales se trataría de una sandía calada. «Hay que traer lo que a la gente le gusta»: ésa es la audaz consigna seguida por estos adalides. ¿Cuánto faltará para que se hagan mandas a la Pequeña Gigante y a su tío, el Señor Escafandra? ¿Cuánto para rogar que se quede para siempre y nos proteja de todos los males que se le asoman en el horizonte a este pueblo de gestores culturales y enanos subdotados? Cumplimos 200 años, pero no cabe duda de que nos faltan por lo menos 500 más para crecer.
Recuadro :
La Pequeña Gigante y el Señor Escafandra son un verdadero horror dentro de la siesta provinciana y estival que este espectáculo de circo utiliza a favor de su monstruoso negocio. Un despropósito que hace caer envuelta en llamas a la manga de t


